Isabelle Eberhardt

Una aguadora en el desierto

Isabelle Eberhardt con diecinueve años. Fotografiada por Louis David en 1895


“Nómada fui cuando de pequeña soñaba contemplando las carreteras; nómada seguiré siendo toda mi vida, enamorada de los cambiantes horizontes, de las lejanías aún inexploradas, porque todo viaje, incluso en las regiones más frecuentadas y más conocidas, es una exploración”


Tales palabras aparecían entre los pensamientos de un diario añejo. Con las hojas mancilladas por el sobeteo del tiempo y con las tapas desfilachadas en colgajos de hilos entreverados de arenas de diferentes desiertos. Conociendo a su autora, no resulta descabellado que fueran escritas bajo un sicomoro milenario, mientras sus exuberantes ramas acogían el alborozo de una colonia de ensordecedores monos babuinos, excitados por el frescor de un atardecer rebosante de turbideces intensamente anaranjadas. Posiblemente el vaivén de una suave brisa, de las que acarician hasta la indecencia, zarandearía de aquí para allá trazas aromatizadas de romero, al mismo tiempo que haría llegar los ecos desfallecidos de un vigoroso almuédano llamando a la última oración del día. Los minaretes de una mezquita cercana se desdibujarían por la trémula ascensión del calor acumulado en la arena hasta hacerla fantasmalmente remota. Y más allá todavía, el estruendo lejano de las chicharras en los secarrales salpicados con derruidas viviendas de adobe y el sol transfigurado en una enorme toronja, cruzada por las siluetas de los beduinos y el vuelo en formación de las aves migratorias.

Se podría decir que ese diario rezuma ascética por los cuatro costados. Que pertenece a una mujer cuya avidez por acumular experiencias supera con creces al interés por el acopio de las cosas. Que desde la infancia ha sido alimentada con la espiritualidad de la sequía y que en su periplo por duras geografías no le ha quedado otra que nutrirse de raíces, de los frutos que deparaba el azar, de reptiles benignos, de cualquier producto de la caza o de la imaginación y, sobre todo, de su propia hambre. También sería fácil deducir que miles de kilómetros viajados no le han bastado para llegar su destino, al hacerse éste cada vez más esquivo y lejano, pues sencillamente su meta es ni más ni menos que llegar a ella misma huyendo. Huyendo sí, detrás de un sueño.

Y esa mujer es la viajera, escritora y mística suiza Isabelle Eberhardt. Aunque autora de novelas, cartas, artículos y memorias, sin miedo podríamos decir que todo eso tuvo un alcance limitado y que su gran obra literaria es precisamente ella misma. A modo de aperitivo, basta decir que hablaba el árabe clásico perfectamente, aprendido, entre otros muchos idiomas, de forma autodidacta en su infancia; que se convirtió al islam con 19 años; que recorrió el Magreb ataviada de hombre con 20 años haciéndose llamar Si Mahmoud Essadi; que pasó periodos de miseria extrema y de hambre; que dormía en el desierto con los beduinos, cabalgaba entre las dunas y fumaba grandes cantidades de hachís; conversaba durante el día sobre misterios místicos con los marabouts (líderes religiosos); que llegaría a casarse con un soldado argelino y, en el paroxismo de su masculinidad impostada, visitaba por las noches todos los burdeles del norte de África. Se podría decir que acudía a las mezquitas de Túnez con el mismo anhelo con el que frecuentaba los bajos fondos, donde se rodeó de prostitutas y bandidos. También que fue una desconcertante activista política contra el régimen colonial: mientras por un lado apoyaba movimientos independentistas en Argelia por el otro parece ser que trabajaba para la inteligencia francesa. Y, por si fuera poco, hasta llegó a sufrir un intento de asesinato en un atentado que casi le cuesta la vida, cuando un fanático religioso la intentó decapitar con un sable en la ciudad argelina de Behima. Y todo eso en los albores del S. XX.

Isabelle Eberhardt vino al mundo en la ciudad suiza de Ginebra el 17 de febrero de 1877, por lo que nació bajo el signo zodiacal de Acuario. Si nos atenemos a la astrología, Isabelle sería una Acuario de manual por su adscripción prácticamente impecable a lo que se entiende son los rasgos psicológicos, e incluso fenotípicos, propios de este signo. Y este signo está representado por un aguador, un portador de esa agua que en la antigua Sumeria, cuna de la astrología, estaba considerada como el elemento alquímico necesario para el transporte de la sabiduría. En su origen, tal iconológica consistía en un anciano de ampulosas barbas, todavía en plenitud física pero con ciertas perturbaciones mentales, que se hacían evidentes en su intensa mirada ensimismada y ojiplática. En el mundo antiguo, la senectud era considerada un rasgo de humanidad evolucionada, pues la experiencia de vida y la práctica sensata de la erudición acumulada iban de la mano. Y he aquí que este viejo aguador derrama chorros de sabiduría desde una posición elevada. Y lo hace indiscriminadamente, con un caudal de agua abundante desde un cántaro, en un bucle que se intuye infinito. Si nos perdemos en este bosquejo imaginario podríamos observar que se trata de un acto de iluminación, pues ofrece conocimiento poco accesible para el resto; de supino altruismo con el prójimo, pues proporciona su más preciado tesoro sin reparar e quién es el beneficiado y sin mercadear con ello; de desapego, pues con ello parece estar ajeno a las mezquindades de las posesiones materiales; de libertad, como consecuencia de ese no tener las servidumbres del apego; de ensoñación mesiánica y utópica, pues está claro que se trata de un idealismo solidario al servicio de las causas de progreso; de espíritu ácrata, pues no se reconoce más autoridad que tales causas elevadas; de originalidad y desafío, pues hace falta un empecinamiento terco para mantener todos esos sueños de belleza, máxime cuando es bien sabido que al final siempre acaban chocando contra un mundo tangible que de primeras se muestra reticente, incluso hostil, a ser alterado.

Pues bien, Isabelle Eberhardt se calificaba a sí misma como “una original” y su corta vida, murió con nada más que 27 años, está plagada de extravagancias propias de un ser fronterizo que exhibe su locura sin pudor y con orgullo. Añadamos también que tenía un extraño imán para atraer a personajes y sucesos de lo más raro, un desprecio absoluto por el grosero materialismo y el qué dirán y que hacía gala de una generosidad mesiánica que se sustanciaba en luchar contra las injusticias del orden colonial en Argelia o en darle de comer a los pobres del Magreb a través de la orden sufí La Qadiriyya. Y este grado de compromiso con el espejismo, en el que habitaba Isabelle, sorprende en su vehemencia dogmática: “Tal y como yo lo veo, no hay mayor belleza espiritual que el fanatismo, esa clase de fanatismo tan sincero que solo puede terminar en el martirio”, llegó a publicar en el libro colectivo Viajes de doncellas. Fascina también su ilimitada ambigüedad, cómo siendo poseedora de una anatomía tan marcadamente femenina, casi que podríamos decir de frágil damisela con un rostro de delicada porcelana, se obcecara tanto en querer tener la ruda apariencia de un hombre en prácticamente toda su vida.

Pero más allá de la excentricidad y de su empecinada androginia todo en Isabelle es excepcional. Para empezar su propia familia y el entorno en el que creció. Su madre, Nathalie, pertenecía a la aristocracia rusa y se había casado con un asesor del zar, el general Moerder, que era cuarenta años mayor que ella. En 1871 Nathalie salió de Rusia para siempre con sus tres hijos y con un ex pope ruso convertido a anarquista llamado Alexandre Trophimovsky. Trophimovski era un hombre de mediana edad que, contratado en principio como tutor de sus hijos, llegó convertirse en su tórrido amante. Vivieron juntos el resto de sus vidas (más de dos décadas) pero siempre mantuvieron la relación en secreto. Y así, cuando Nathalie dio a luz a un niño, Augustin, nueve meses después de salir de Rusia, le pusieron aún el apellido Moerder. Cinco años más tarde, en 1877, nació Isabelle y fue registrada como hija natural. De modo que ella sola, de entre los cinco hermanos, padeció el estigma de un nombre diferente. Pero lo peor fue que Trophimovski jamás la reconoció como suya. Isabelle debió de enterarse por sus hermanastros de que era hija del tutor, pero ni su padre ni su madre le dijeron nunca la verdad. Su origen permaneció envuelto en un silencio venenoso, en una niebla. En sus cartas y sus escritos, Isabelle inventaba a menudo padres distintos, diversas explicaciones de su nacimiento. Siguiendo la estela del padre biológico de Isabelle conviene señalar que en el exilio colaboró estrechamente con Bakunin y que fue uno de los fundadores de la imprenta anarquista. Era muy culto, de ascendencia armenia e islámica, gran políglota, un don que heredó Isabelle, que desde la infancia ya hablaba francés, alemán, ruso, latín, árabe, italiano y un poco de inglés. Todas estas lenguas aprendidas al margen de enseñanzas académicas y con escasa tutoría.

En un ambiente familiar desestructurado, desde muy pequeña se dedicó a escribir cuentos, intentos de novelas y diarios como una necesidad. Como le dijo a los diecinueve años a un amigo árabe, “mi ambición de hacerme un nombre y una posición es algo secundario. Escribo como amo, porque probablemente es mi destino. Y es mi único consuelo”. Usaba diversos seudónimos para firmar sus textos, y ya fingía ser un hombre en sus cartas. También desarrolló desde muy temprano una pasión por el mundo árabe y por el islamismo. Por entonces estaba en ascenso el movimiento musulmán de la Nahada, que propugnaba el renacer islámico contra el vacío existencial del mundo occidental moderno: una opción muy tentadora para Isabelle, que había sido criada en la falta de normas y en el nihilismo. La adolescente Isabelle parecía estar a la desesperada búsqueda de unas raíces propias, de una identidad. Y es en el desierto, tan limpio, tan nítido, tan carente de escondrijos, en donde todas las cosas han de ser evidentes. De esa época se conserva un retrato de ella vestida de un joven árabe y otra de marinero, preconizando una constante para el resto de su vida en el que algunos han querido ver un travestismo femenino como modelo contracultural. 

Isabelle Eberhardt entorno a los veinte años de edad, en Zurich y en Argelia. Resulta más que evidente su transformación.

Isabelle viaja al norte de África por primera vez con veinte años acompañada de su madre. Por aquel entonces se afeitó la cabeza, se vistió de hombre y se hizo llamar Mahmoud. Viendo fotos de ella en esa época, resulta increíble que aquel rostro pudiera engañar a los argelinos acerca de la identidad del sexo de su portadora. El conocimiento profundo del árabe, las costumbres y la religión fueron absolutamente decisivos para una integración con el mundo musulmán asombrosa. Y eso en una época en la que cruzar los desiertos era sumamente arriesgado para la seguridad, máxime si eras mujer y caucásica. Su vuelta a Ginebra se vio precipitada por los acontecimientos al enterarse que su madre, Nathalie, se había muerto de forma súbita poco después de haberse convertido también al islam. Pero en este regreso todavía le esperaban más acontecimientos terribles provenientes de su círculo íntimo. Su hermano Vladimir se suicida y su padre biológico, Trophimovski, se encuentra postrado en cama en estado terminal debido a un cáncer de laringe. Hay indicios de que finalmente Isabelle lo mató por compasión con una fuerte dosis de cloral.

Pronto sorprende con un nuevo y definitivo viaje a Argelia, pero esta vez lo hará sola y sin recursos al agotarse la herencia familiar. En los años posteriores llegó a alcanzar una miseria extrema solo mitigada por la caridad de sus amigos sufíes. Cuando ocasionalmente tenía algo de dinero no dudaba en gastárselo en prostíbulos, parece ser que únicamente como voyeur, y en hachís. De esta Isabelle escindida en una complejidad dual, por un lado en la búsqueda de una elevación mística y por otro retozando en los lodazales, dan fe las siguientes palabras escritas en su diario: “Todavía nadie ha logrado ver, a través mío, mi ser real, que es sensible y puro y que se eleva muy por encima de la degradante bajeza en la que he escogido revolcarme, en parte por desagrado a las convenciones y en parte por un extraño deseo de sufrir”. Desdoblamiento de que tampoco se libran sus relaciones personales íntimas. Por una banda extremadamente promiscua; por otra inocente y convencional hasta lo ñoño en los últimos cuatro años de su vida que compartió amor con el joven sargento argelino, Slimène, con el que llegó a casarse en 1901.

El 21 de octubre de 1904, una riada destruyó la mitad del pueblo argelino de Ain Safra y se lleva por delante a veintisiete personas. Cuando las aguas bajaron, los soldados de la guarnición francesa descubrieron, entre las ruinas de una pobre choza, dos piernas de mujer hincadas en el lodo. Pertenecían al cadáver de Isabelle. Su marido, que estaba con ella pasando unos días, sobrevivió a la riada. Bajo los escombros se encontraron desperdigados una buena parte de sus manuscritos que nos llegan hasta hoy en día. Tras desafiar tantas veces al peligro en sus viajes por rutas nómadas, se podría decir que morir de esa forma, siendo sorprendida por una avalancha de agua en su propia casa, no deja de ser una chanza del destino casi comparable a la de un escalador que fallece al resbalar en la ducha, tras haber conquistado antes las cumbres de las montañas más escabrosas del mundo.

Isabelle vivió convencida de ser especial y de estar atrapada en un destino único entre dos mundos, pues no sabía si era ángel o demonio. “Yo nunca sabré quién soy, o cuál es el sentido de mi sino, uno de los más extraordinarios que jamás ha habido”. Y lo más curioso es que su vida pareció adaptarse a esa percepción desmesurada. En su precocidad recuerda a una mujer tan extraordinaria como lo fue la también políglota, escritora y mística catalana Juliana Morell. Nacida en Barcelona el 16 de febrero de 1594, al igual que Isabelle ya hablaba una gran cantidad de idiomas antes de llegar a su adolescencia. Coincide también el hecho de que las dos tenían padres muy cultos que les facilitarían el acceso a otros conocimientos como la música, la filosofía o la literatura. Juliana hablaba catorce idiomas, incluidas lenguas semíticas como el siríaco y el propio árabe. Y nuevamente sorprende que ambas confluyan en un viaje a sí mismas, en un espacio colindante donde la paradoja entre lo mundano y la espiritualidad se desvanece, desafiando por completo lo convencional. En la biografía de Juliana Morell resulta conmovedor cómo en su adolescencia llega a huir de una vida de lujos, que le aseguraría un matrimonio concertado por su padre, para finalmente recluirse en la espiritualidad de un convento, en donde desarrollaría su pensamiento humanista tan inspirador y poco común. Pero Isabelle Eberhardt, en su desasosiego vital y en su pensamiento iluminado, tendría una nueva sosias con la que compartiría hasta los mismos sótanos del alma. Y en este caso se trataría de la mística, aventurera, activista y pensadora francesa Simone Weil. Nacida en París el 3 de febrero de 1909, Simone sorprende igualmente por la asimilación de conocimientos complejos a muy temprana edad y en una visión del mundo regida por una lógica remota e inquietante, en la que ambas se perdían sin apenas tener interés por las consecuencias de no volver a pisar la tierra. En su biografía, trufada, cómo no, de repetidas huidas tras un sueño, lo mismo la podríamos encontrar combatiendo el hambre en el mundo, contra el fascismo al lado de la Columna Durruti en la guerra civil española o enfrascada en profundas disquisiciones místicas que luego se materializarían en algún ensayo. Simone de Beavoir llegó a comentar de ella lo siguiente: “La envidiaba porque tenía un corazón capaz de latir para todo el mundo. Un día pude conocerla. No sé cómo entablamos conversación; me explicó en un tono cortante que una sola cosa contaba hoy en toda la Tierra: una revolución que diera de comer a todo el mundo. De manera no menos perentoria le objeté que el problema no es hacer felices a los hombres, sino encontrar un sentido a su existencia. Ella me miró fijamente. «Cómo se nota que usted nunca ha pasado hambre»”. Resulta paradójico y hasta estremecedor pensar que tanto Isabelle Eberhardt como Simone Weil, en sus respectivas ensoñaciones de un mundo sin sufrimiento y sin hambre, se olvidaban incluso de comer hasta el borde de la muerte en repetidas ocasiones. Hay biografías que apuntan a que ambas padecían de anorexia, pero no sería descabellado pensar que se tratara más bien de inducir determinados estados de conciencia antes que de una alterada visión poco favorecedora delante del espejo. De la desintegración personal que suponía tal desapego extremo pueden dar fe las siguientes palabras de Simone Weil: “Nada poseemos en el mundo, salvo el poder de decir yo. Eso es lo que hay que entregar a Dios, o sea destruir. No hay en absoluto ningún otro acto libre que nos esté permitido, salvo el de la destrucción del yo”

A modo de conclusión, resulta sorprendente la afinidad profunda que estas tres mujeres tuvieron en sus viajes nómadas a sí mismas pese a vivir en épocas y realidades tan dispares. Albert Camus, amigo personal de Simone Weil, decía de ella en 1951 que era “el único gran espíritu de nuestro tiempo”. Posiblemente se equivocaba y no perteneciera al tiempo que le tocó vivir sino más bien a uno bastante posterior. Lo mismo podríamos decir de Juliana Morell y Isabelle Eberhardt. Por cierto, tanto Juliana Morell como Isabelle Eberhardt y Simone Weil nacieron en el mes de febrero bajo el signo de Acuario: no cabe duda que aguadoras.

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