Virxilio Vieitez

A veces sorprende que el sol asome con una fuerza tal que incluso sea capaz de colarse entre los intersticios de unas contras de madera cerradas a conciencia, con unos haces de luz tan afilados que parezca que corten la penumbra. Y son esos chorretones, tan concentrados y definidos como los de una cañonera de teatro, los que con la certeza de un bisturí llegan a recorrer todo el largo del dormitorio, del salón o del desván, para en ocasiones desvelar ante nosotros la presencia rotunda de una neblina fantasmagórica de miles de motas de polvo en suspensión, una asombrosa densidad lechosa que hasta ese momento permanecía invisible. Ese polvo se va depositando muy lentamente, a cada segundo, y transcurridos los días, las semanas, y ya no digamos los meses, si alguna vez se te da por acariciar con la yema de los dedos los muebles, observarás que unos senderos irán surgiendo en su deslizar. Y es que, sin que te hayas dado cuenta, todo ese polvo precipitado y colmatado lo ha impregnado absolutamente todo.

En la buhardilla de aquella casa tradicional gallega de una aldea de Soutelo de Montes, en el mismo corazón de Galicia, en la que vivía un fotógrafo con ademanes de menestral, pocas palabras y apariencia garduña, cientos de fotos mancilladas por el tiempo asomaban en cajas que iban acumulando polvo tras muchos años. Imágenes de bodas, bautizos, comuniones, velatorios, funerales, celebraciones festivas… Retratos de niños, de mayores, de familias enteras, siempre con un gesto o con algún elemento de su entorno que desvelaban identidad: una moto, un haiga, una radio, unos animales como de la familia, unas berzas, un hórreo, un árbol, una «corredoira», una cantina… Gentes anónimas, casi en su totalidad de la misma comarca, pertenecientes a una sociología hoy ya desaparecida y a las que la fotografía les llega de milagro y justo a tiempo para ser encumbrados para la posteridad. Lugares ya tan desfigurados que en la actualidad resultan irreconocibles, congelados en instantáneas pertenecientes a una época en la que apenas llegaban con timidez los ecos del mundo.

De izquierda a derecha y de arriba a abajo, fotografías de Virxilio vieitez correspondientes a los años 1962, 1964 y 1967 respectivamente

Virxilio Vieitez, que es como se llamaba aquel fotógrafo, un día tuvo la convicción de que se había hecho más viejo de lo deseado y así, sin más, decidió colgar definitivamente las cámaras, para después cerrar con hermetismo su estudio, so pena de vérselas con su adusto carácter a quien tuviera el cuajo de fisgonearlo sin su permiso. 11 años después, por fin, autorizaría a su hija, llamada Keta, a una incursión y descubrir por sí sola lo que había fotografiado durante casi medio siglo. “En una caja en la que paría la gata, debajo de la mesa, había dos bobinas, era un material tan atractivo… No conocí de verdad a mi padre hasta que vi su trabajo. Y cuando encontré la foto de la mujer con la radio, enloquecí…”.

 Virxilio Vieitez. «Dorotea do Cará». (1960-1961)

¿Y qué es lo que pudo haber impresionado tanto a Keta, fotógrafa como su padre, en aquellas imágenes más allá de su apabullante abundancia numérica y del valor testimonial convertido con el paso del tiempo en una nostalgia vintage? Para empezar, una habilidad única para hacer de lo ordinario imágenes llenas de solemnidad al mismo tiempo que eran despojadas de todo artificio. Personas que suelen adoptar posturas hieráticas, rígidamente frontales, donde abundan los rostros serios -¡le salían cenizos hasta los críos! – con miradas intensas que apuntan directamente al objetivo como si estuvieran intentando abrir ostras a distancia y que, ya en la foto, confrontan de forma inquisitiva al espectador hasta provocarle una rara perturbación.

 Virxilio Vieitez. De izquierda a derecha y de arriba abajo, «Pilucha» (1962) una de las pocas imágenes de Virxilio Vieitez realizadas en un interior; foto de DNI (1965) y foto de grupo familiar (1967)

Fotos sencillas, de una pureza inmaculada, como si la única intención fuera certificar el paso por este mundo de sus paisanos. “Yo estudiaba la papeleta y cuando apretaba el disparador era un tiro seguro”. Y así, durante más de 25 años, sin la más mínima pretenciosidad, sólo con el olfato de su intuición, la delicadeza de su mirada y un profundo dominio de su oficio, Virxilio Veitez fue construyendo una obra honesta y coherente que conmemora la savia de la «Terra de Montes». De tal cómo era esa tierra en aquellos años de un nacionalcatolicismo que las décadas de los 50 y los 60 del s. XX fueron poco a poco matizando con tibiezas aperturistas. Una visión fotográfica genuina, enigmática, rebosante de un descarnado primitivismo que marida excepcionalmente bien con esos personajes humildes que se desnudan psicológicamente frente a una cámara fotográfica que, por aquel entonces, parece que tenía el mágico poder de abducir de forma irresistible a quien se pusiera delante de ella. Y aquí está el meollo de la fascinación que en la actualidad produce en el público en general, y en la crítica en particular, la abundantísima obra de Virxilio Vieitez, ese ir bastante más allá de la cascarilla costumbrista al uso e, incluso, trascender un incipiente documentalismo social que estaba surgiendo en su época y que nunca fue pretendido de forma consciente por el propio fotógrafo. Elevar lo cotidiano a categoría de esencial, el ser de un tiempo y de un lugar como secreto de la mejor poesía, parecen ser las armas de seducción masiva con las que este cronista de lo más rabiosamente local se haya convertido en rabiosamente universal. Un poder de seducción que, como se verá más adelante, llega hasta el mismísimo Cartier Bresson.

Cuando Keta se agachó en la buhardilla de aquella casa tradicional gallega de una aldea de Soutelo de Montes, en el corazón de Galicia, para inspeccionar todas aquellas cajas que llevaban varios años acumulando polvo y que contenían los anhelos más profundos de su padre, acababa de perpetrar el que quizás sea el más interesante rescate de la fotografía en España de los últimos 40 años. Un inabarcable archivo con más de 80.000 negativos, todavía más copias en papel, documentos, cámaras y rollos de película sin cortar. Y con ello, el resto del mundo descubría a quién a la postre sería la figura más influyente de la fotografía gallega del siglo XX, y uno de los mejores cronistas de un tiempo y de un lugar que pertenecía a una Europa que perdía su diversidad a marchas forzadas con el diseño de políticas desarrollistas que, con más o menos urgencia, se vinieron aplicando en todo el continente a partir de los años posteriores del final de la II Guerra Mundial.

Hay quien decide irse de la aldea para conocer mundo y otros que hacen de la aldea el mundo

Virxilio Vieitez nace en el «concello» pontevedrés de Soutelo de Montes el 23 de octubre de 1930. Nacer en ese año en España no resultaría ser una buena ocurrencia, ya que poco después estallaría la guerra y los supervivientes tendrían que enfrentarse a una calamitosa vida de posguerra para la que sería necesario abrirse paso a dentelladas. Si nos situamos en ese momento, cuando la contienda ya había acabado y aún quedaba mucha batalla por librar, lo primero que hay que decir es que Virxilio Viéitez no conoció a su padre, pues había emigrado a los Estados Unidos estando su madre embarazada de él, y cuando volvió lo hizo para establecerse en Francia, en donde ya se le pierde la pista. También es importante resaltar que creció en una aldea muy humilde rodeado de mujeres, en concreto de sus abuelas y de sus tías. Su infancia se desarrolló entre aperos y útiles del campo y, como venía siendo habitual en los niños gallegos de esta época, el trabajo lo apartó de la escuela. Sorprende que pronto aprendiera a leer y escribir por su cuenta, una obstinación autodidacta que al parecer le acompañaría el resto de su vida. En 1946, con 16 años, aprende el oficio de albañil, lo cual le permite trabajar en las obras de ampliación del Aeropuerto de Lavacolla, que tras esta remodelación sería conocido como Aeropuerto de Santiago de Compostela. Las actividades en el campo, en la aldea, le resultarían tan insoportables que con sólo 18 años decide irse a trabajar como mecánico en el teleférico de Panticosa, un pueblo ubicado en el pirineo de Huesca, siendo aquí donde empieza todo su “rollo con la fotografía” cuando compra su primera cámara, una Kodak de formato 6 x 9, en 1949. “Pero hacía tanto frío que empaqueté la maleta y fui para Cataluña”, a trabajar en un oficio similar en Sant Feliu de Guíxols (Girona). Y es aquí donde se produce otro punto de inflexión en la vida de Virxilio Vieitez, al conocer al fotógrafo Julio Pallí en Palamós y convertirse en su ayudante, para lo cual se vio obligado a aprender los rudimentos de la cámara y el revelado. En esta primera época compaginó sus trabajos en la construcción con la afición por la imagen, y cuando se vio lo suficientemente diestro en el manejo de la cámara, al mismo tiempo que comprendió que el oficio de la fotografía era una buena oportunidad de ganar dinero sin el frío que tenía que soportar en la nieve, abandonó la construcción para dedicarse por completo a hacer fotos. Así, por aquel entonces, comenzaría a fotografiar a los primeros turistas que venían de viaje a la Costa Brava buscando el sol mediterráneo. Una avanzadilla de las oleadas de veraneantes extranjeros que en décadas posteriores propiciarían el despegue económico de España con los que Virxilio Vieitez hizo mucho dinero, ya que le solían dar las vueltas de los pagos en dólares o en libras esterlinas como propina.

En 1955, tras 7 años de oficio en Cataluña, el negocio de la fotografía era todo un éxito con sólidas perspectivas de futuro, y cuando Vieitez estaba pensando seriamente en establecerse por su cuenta, recibe el aviso de que su madre había caído gravemente enferma, lo que propició su regreso a Galicia para cuidarla. Luego conoció a la que fue su esposa, Julia Cendón, y ya se quedó para siempre en su aldea natal. Con una cámara más manejable, ya como fotógrafo a tiempo completo, comenzó a recorrer pueblos y aldeas para hacer retratos de gente endomingada, que posaba con una oveja o un perro como uno más de la familia. Pronto vendrán encargos de la prensa para hacer fotos de funerales con el ataúd sin la tapa para ver al fallecido, que en muchos casos eran enviadas a parientes emigrados. “Recibían la carta diciendo que había muerto el padre o el abuelo con una foto mía. Al final, toda la familia quería una y tenía que hacer 30 copias”, apuntaba Virxilio. Desde la nada, la presencia de Virxilio se hizo habitual por la Galicia más rural, la que tenía más complicado el acceso a la fotografía concebida como servicio. De esta forma, realizó centenares de fotografías para el documento nacional de identidad, que en aquella época empezaba a generalizarse, para lo cual neutralizaba los fondos con una sábana blanca que se situaba detrás de la persona retratada al aire libre. “Tuve la suerte de que antes, estos pueblos eran nidos de ratones, había gente por todos lados”, señalaba. Su llegada a cada localidad que visitaba, hasta la más recóndita gracias a su Seat 1500 negro, era un acontecimiento. El ambiente se tornaba festivo. «Nos ofrecían en sus casas café, licor, galletas, lo que podían”, recuerda Keta. Su padre trabajaba rápido, se ganaba la confianza de los retratados, y cuando se disponía a apretar el disparador, Keta aguantaba la respiración para no distraerlo.

Como se puede deducir, Virxilio Vieitez no es precisamente un fotógrafo de estudio. La casi totalidad de su trabajo lo realiza en las calles, en los regatos, en los prados, en los cementerios, en los huertos… Y en esa carretera que cruzaba su pueblo y que a duras penas lograba una cierta vertebración territorial con los rincones más apartados de la comarca. Ya se ha mencionado antes el carácter austero de sus fotos, esa esquematización extrema con la que se pretendía un desbroce de lo mucho que sobraba a ojos del fotógrafo: “en una boda tiene que salir guapa la novia, olvídate de hacer arte”, le decía a su hija. Un carácter aparentemente ceñudo, pero en esa prospección de lo sustancial, detrás de la cámara Virxilio tenía un ojo clínico para concentrar psicologías y densidades narrativas en gestos contenidos. Llama la atención que la mayoría de sus personajes salen circunspectos, hasta sombríos, con una expresión musculada en muchas ocasiones, lo que puede dar idea de hasta qué punto la fotografía tenía un efecto intimidante para la población humilde por aquel entonces. No descartemos que la aspereza del fotógrafo en el trato con las personas que se ponían delante de su cámara haya hecho también lo suyo.  

Tras más de 25 años de trabajo monotemático sin salir de la comarca de Montes, Virxilio Vieitez cesa totalmente su actividad a mediados de la década de 1980. Curiosamente, su fama y prestigio se producen cuando ya llevaba más de una década de inactividad, desde que en 1997 su hija Keta descubriera su archivo y se volcara en cuerpo y alma en darlo a conocer y ponerlo en valor. Ese mismo año, Keta reúne una cierta cantidad de dinero trabajando como encargada de la piscina de su pueblo en verano, unos cuartos que empleó en montar, por fin, la primera exposición de su padre en el mismo pueblo que le vio nacer. Para anunciarla, pegó unos carteles por las calles de Soutelo con la foto de la anciana de la radio, quizás la foto que más le había impresionado de aquel hallazgo. Por allí pasó en coche el fotógrafo Manuel Sendón y se paró al ver esa misma foto en uno de los carteles. Al año siguiente llevó la muestra a Vigo, donde el Centro de Estudios Fotográficos se encargaría de publicar el primer libro con imágenes de Vieitez. En la exposición se incluyeron copias a 90 x 90 cm de fotos de DNI que había hecho. “Aquello le hizo reconocerse como fotógrafo, se detenía un rato en cada copia”, recuerda Keta. La historia se repitió en Vigo con el fotógrafo y comisario francés Christian Caujolle, uno de los fundadores de la agencia VU. “Al año siguiente estábamos exponiendo en París”, añade Keta. Le Monde calificó las instantáneas de Virxilio de “obras de un maestro”.

A partir de aquí todo se precipita y las exposiciones se suceden. Santiago de Compostela, A Coruña, Braga, Madrid, Ámsterdam, Malí… En 2000, sus fotos llegan a Arco de la mano de la galerista Juana de Aizpuru. En 2001, en Salamanca, en un festival fotográfico, coincide una exposición suya con otra de Martine Franck, esposa de Cartier-Bresson. “En la rueda de prensa de mi padre apareció él y fue como un eclipse. Virxilio no sabía quién era. Luego Cartier-Bresson bajó la escalera y se quedó mirando un rato una foto de un velatorio. Preguntó por mi padre y empezaron a hablar (…) los siguientes días venía a desayunar”. La complicidad que establecieron pudo deberse a la espontaneidad y la sinceridad de Vieitez. Su hija habla de “amor a primera vista” y añade que “Cartier-Bresson sentía que mi padre le trataba con naturalidad, sin el filtro que todos los demás ponían ante él. Tal era la confianza entre ambos que Virxilio se atrevió a decirle al padre del fotorreportaje que hacía “fotos desenfocadas y sin luz”. Y es que para Vieitez “la nitidez era lo más importante”, recuerda su hija. Fueron grandes amigos. Tanto que Cartier-Bresson, incluyó una de las fotos del gallego en su libro “Mis fotos favoritas” y en una exposición en Francia. Una imagen presente en la muestra en la que aparecen una mujer y un niño con un perro ante un haiga, quizá el de un emigrante retornado que ostentoso quiere mostrar su éxito. Esta inesperada amistad duraría hasta la muerte de Bresson en 2004.

De izquierda a derechea, de pie Keta Vieitez y la fotógrafa Martine Franck. Sentados, Henri Cartier-Bresson y Virxilio Vieitez. Salamanca en 2001.

Virxilio Vieitez. «Carmen» (San Marcos). 1958

Virxilio Vieitez muere el 15 de julio de 2008 en Soutelo de Montes, de la misma forma en la que vivió, discretamente y sin aspavientos, como queriendo cerrar sigilosamente el círculo al finar en el mismo lugar que le vio nacer. Ya fallecido, el fenómeno Vieitez tuvo su clímax en 2013, con una exposición en la Fundación Telefónica que visitaron alrededor de 110.000 personas y para la cual se revisaron más de 50.000 negativos fechados entre 1953 y 1980 pertenecientes al archivo personal del fotógrafo. También fue aportado material inédito hasta el momento de la exposición, como cajas selladas y latas con metros de película jamás positivada tras su primer uso. “Tuvo tanto éxito porque todo el mundo se veía reflejado en alguna foto”, dice Keta. Sin embargo, con los años la estrella declina, a pesar de que hoy hay imágenes suyas en el Museo Reina Sofía, en la Academia de Bellas Artes (con un libro editado sobre esta exposición), en la Fundación Foto Colectania (Barcelona), en Francia, Suiza, Holanda… De aquellas exposiciones han ido llegando a Soutelo las copias enmarcadas, que Keta guarda en un local. Es el incierto futuro del archivo Vieitez, descubierto y aún vivo gracias a Keta, pero dada su precariedad y falta de ayudas institucionales o privadas ¿hasta cuándo? “Ya he vivido más años ocupándome de Virxilio que de mí misma”, llegó a decir Keta cuando estaba a punto de cumplir 60 años.

Un gran artista sin saberlo

¿Cuántos creadores con un enorme talento por descubrir puede haber repartidos por los lugares más recónditos del mundo? ¿Cuántos de ellos son conscientes de su capacidad creativa única? ¿Y cuánta de esta genialidad sucumbe o se malogra al nacer esos potenciales artistas en entornos realmente adversos? La historia de Virxilio Vieitez viene a recordar, una vez más, el frágil contorno que separa el anonimato de la fama. Si toda manifestación artística necesita de una colaboración al 50% entre su autor y el público, cabe imaginarse cuál hubiera sido el destino de Virxilio Vieitez y su apabullante obra si su hija Keta no hubiera tenido un criterio fotográfico cultivado a la hora de fisgar en el archivo de su padre, cuando no hacía más que acumular polvo. Tras el descubrimiento, su acertada convicción de que aquel hallazgo merecía difusión para su reconocimiento fue providencial, no solo para su autor, sino también para el desagravio de toda una estirpe de ignorados fotógrafos populares que realizaban instantáneas de la vida profundamente conmovedoras desde la verdad absoluta, ajenos a cualquier tipo de petulancia de ciudad y fuera de los radares de una crítica que recelaba de todo lo que no tuviera trazas de alta cultura. El tiempo, que ha acumulado sobre ellas tanto olvido, ha llegado a conferirles una honda fascinación y ese halo de vida perdurable. El espaldarazo de Cartier Bresson a la obra de Virxilio Vieitez no cabe verlo de otra forma como el punto culminante de un acto de justicia poética que ya se estaba demorando demasiado.  

Para quienes viven con pasión patológica las minucias hagiográficas de los genios, la figura de Virxilio Vietitez no puede ser más desconcertante y carente de glamour. Su enorme talento, esa poética de geografías y gentes, de extrañezas y costumbres, de desamparo y soledades con una intensidad contenida, vibrante y anodadada, no es más que producto de su propio instinto e intuición. Es un mago sin que él lo supiese. Un innovador de la nada que carece de una formación estética reglada, al tiempo que tampoco es posible establecerle una trazabilidad de influencias o referentes reconocibles, y máxime cuando en toda su carrera fotográfica activa ni siquiera llegó a tener noticia de la obra de una figura tan esencial en la historia de la fotografía como Cartier Bresson. La fotografía para Vieitez no es más que un oficio con un enfoque práctico, prosaico, un modo de ganarse dignamente la vida antes que el designio de una irrefrenable pulsión artística que sale desde sus ardores más íntimos.

Si situamos a Virxilio Vieitez en el contexto fotográfico gallego de su tiempo, nos encontraremos con la visión etnográfica de la fotógrafa estadounidense Ruth Matilda Anderson (Nebraska 1893 – Nueva York 1983) plasmada en sus poderosos documentos visuales que sobre Galicia le encargó la Hispanic Society of America; las estampas de villas y paisajes gallegos con vocación decorativa de Ksado (Ávila 1888 – Santiago de Compostela 1972); los encuadres contrapicados, buscando una cierta monumentalidad pictórica, pertenecientes a los personajes populares ensimismados que retrataba José Suárez (Allariz 1902 – A Guarda 1974); la búsqueda del preciosismo en las escenas cotidianas de Juan Manuel Castuera (Gondomar 1921 – Santiago de Compostela 1990); o el pathos desgarrador de la miseria y la emigración que vivió la Galicia de los dos primeros tercios del s. XX y de la que dieron fe las cámaras de Manuel Ferrol (Cabo Vilán 1923 – A Coruña 2003) o de Alberto Martí Villardefrancos (Santiago de Compostela 1922 – A Coruña 2017). Todos ellos fotógrafos que tienen en común el haber desarrollado lo mollar de sus respectivos trabajos entre embriagadores aromas campestres con trazas de bosta de vaca, hediondeces de pescado y brea procedentes de modestas embarcaciones, o caldeadas atmósferas de humanidad repartidas entre romerías populares, plazas de abastos, procesiones, emotivas despedidas a muertos en un funeral o a muertos en vida a punto de zarpar ante una dársena portuaria, con el trasatlántico al fondo que los zapatearía a mundos extraños. En definitiva, entre lo telúrico y el costumbrismo: esa pertinaz tenaza de cuya presión parecía que no podía escapar toda manifestación cultural surgida en Galicia hasta hace bien poco.

Pues bien, Virxilio Vieitez es otra cosa. Y aunque sus fotos también se aferraron a la idiosincrasia de la meiga y el ungüento, ninguno de los autores citados ha logrado introducirse por las tuberías íntimas de la gente con tanta hondura como para que al final salieran retratos que son bastante más que retratos. Es algo así como si este peculiar fotógrafo fuera conocedor de la clave para lograr descender a los sótanos del alma, y se diera cuenta que cualquier ser humano es poseedor de la misma codificación con la que afronta la existencia, viva en una aldea remota de Soutelo de Montes o en Nueva York. “Si quieres ser universal, habla de tu pueblo, de tu aldea”, decía Antón Chéjov. Y prueba de la existencia de los vasos comunicantes que crean esa universalidad la tenemos en la figura de la fotógrafa neoyorkina Diane Arbus (Nueva York 1923 – Nueva York 1971), una sorprendente sosias de Virxilio Vieitez con la que cabe suponer no hubiera habido ni la más mínima conexión o influencia mutua. Dejando a un lado su querencia por lo freak, en los retratos de la norteamericana encontramos la misma frontalidad hierática de sus personajes en blanco y negro, la misma imponente desnudez de adornos o artificios estéticos, las mismas miradas que miran para adentro y lo dicen todo para fuera para perforar en ocasiones el objetivo de la cámara, el mismo colmillo fotográfico que muerde las entrañas de las gentes retratadas y por cuyas heridas producidas manan borbotones de humanidad.

 

En la columna de la izquierda fotografías de Virxilio Vieitez. En la columna de la derecha fotografías de Diane Arbus

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