«Hoy más que nunca, siento la unidad de la raza humana. A pesar de las diferencias de color, lengua, cultura y oportunidades, los sentimientos y reacciones de toda la gente son similares»
El pasado 23 de mayo moría Sebastião Salgado debido a una particular forma de malaria que derivó en leucemia, contraída mientras trabajaba para uno de sus proyectos en Indonesia en el año 2010. Se podría decir que hasta su misma muerte fue un tributo al compromiso, como lo fue también su vida desde que tuvo uso de razón. Si su legado como fotógrafo es inmenso, como ser humano es descomunal. Sus imágenes han impactado en varias generaciones como ningún fotógrafo lo había hecho antes, tanto por su arrolladora belleza plástica como por la emocionalidad que despiertan con asombrosa facilidad en un público no necesariamente iniciado en la fotografía. Los proyectos que ha ido acometiendo a lo largo de su trayectoria profesional se han ligado siempre a grandes temas sociales y ambientales, con un tratamiento exquisito del blanco y negro y un control narrativo de los recursos formales que a día de hoy resultan icónicos y reconocibles por todo el mundo. No obstante, esta relación entre temas y géneros expuestos con nitidez crítica, expresada a su vez en imágenes tan bellas, dista de un enjuiciamiento unánime y en numerosas ocasiones ha sido motivo de interpretaciones y apreciaciones tan entusiastas como equivalentemente hostiles. Salgado fue, incluso, acusado gravemente por parte de sus detractores de banalizar el drama al priorizar el preciosismo a costa del sufrimiento.
Dejando aparte las lógicas disquisiciones ético-estéticas que suele generar el arte militante, lo que parece que está fuera de toda duda es que la figura de Sebastião Salgado ha trascendido mucho más allá de su faceta como fotógrafo. Es ante todo un ser humano, con una extraordinaria capacidad para percibir las pulsiones de la tierra y conmoverse con ellas. Sus imágenes serían imposibles si no existiera esta pulsión místico-telúrica tan arrebatadora. Sus fotos son a la vez desgarradoras y hermosas, a su vez todo un recordatorio de nuestra responsabilidad con el planeta. Gracias a Salgado, hemos podido vislumbrar la vida de personas y comunidades que de otro modo estarían ocultas a nuestros ojos. Ha revelado la dignidad incuestionable de los trabajadores, la trágica diáspora de los refugiados, la majestuosidad intacta de la naturaleza virgen y, en definitiva, la estrecha interrelación entre el ser humano y su entorno. Cada una de sus fotografías, más allá de la belleza, es un alegato contra la inacción frente a las injusticias y las tropelías contra el medio natural. Para quien quiera leer entre líneas, son un testimonio de su inquebrantable compromiso con la verdad y la empatía, una invitación a abrir nuestros corazones y nuestras mentes a las realidades ignoradas.
«Escribo con una cámara, es el lenguaje que he elegido para expresarme”, dijo una vez, explicando la naturaleza narrativa de su obra. No hay que olvidar que el término fotografía, etimológicamente hablando, es el resultado de la evolución de las palabras procedentes del griego antiguo phot-, «luz», y graph-, «escritura», por lo que “fotografía” sería literalmente escribir con luz. «De alguna manera, mi punto de vista – muy centrado en lo social y lo comunitario – no difiere mucho de los conceptos básicos de la mayoría de las religiones. Se necesita tiempo, y mucho, para componer una narración coherente. No haces una foto, se construye una historia. Al fin y al cabo, creo que los fotógrafos documentalistas son personas a las que les gusta contar historias», concluía Sebastião Salgado. Y contar historias, hay que insistir, es la línea divisoria que separa la buena fotografía de la mala. Por mucha corrección técnica que pueda tener una imagen (exposición, encuadre, enfoque y demás), no merece aprecio si carece de una mínima sugerencia, simbolismo o narrativa. En definitiva, una poética.
La obra de Salgado es extensa y mundialmente reconocida. Ha viajado por más de 120 países. Ha influido en el fotoperiodismo moderno de una forma innegable y su vigorosa poesía visual, tan sublime como visceral, goza de una inmensa popularidad. Pero a pesar de todo adolece hasta la fecha, y vamos a ver qué pasa después de su muerte, de esa bibliografía exhaustiva que merece su figura. Quizás a ello hayan contribuido unos comienzos tardíos en la fotografía como profesión y que su nombre no haya sido reconocido internacionalmente hasta finales de la década de 1980. Una prueba de ello lo tenemos en la misma Wikipedia, donde la entrada en español sobre Sebastião Salgado es tan ridículamente escueta y esquemática que hasta se la podría tildar de indigna si pensamos que está siendo dedicada a un ser humano tan excepcional e influyente como es este inigualable fotógrafo brasileño, que ha puesto su cámara al servicio de las causas humanitarias y medioambientales como jamás había hecho antes que él ningún otro fotógrafo. Nada habla más de la esencia de la humanidad y del mundo que la cámara de Sebastião Salgado al retratar la belleza, la tragedia y la esperanza que conviven en nuestro planeta.
«Descubrí la fotografía por casualidad. Mi esposa es arquitecta, y cuando éramos jóvenes y vivíamos en París, se compró una cámara para tomar fotos de los edificios. Por primera vez miré a través de una lente, y la fotografía de inmediato comenzó a invadir mi vida»
Sebastião Ribeiro Salgado Júnior viene al mundo el 8 de febrero de 1944 en una hacienda en Aimorés, en el estado brasileño de Minas Gerais. Y fue aquí donde creció, en una granja que se autoabastecía casi en su totalidad, en un enclave rodeado de selva en el valle del Rio Doce, hasta sus primeros años de educación secundaria. Su padre era un terrateniente que llegó a tener diez haciendas y 15.000 cabezas de ganado, cuyo mayor orgullo en su vida era darles a sus hijos una educación superior, algo que al final logró con creces. Tião, como le llamaba su padre, fue el único hijo varón entre siete hermanas. El haber pasado su infancia tan en contacto con los cuatro elementos, en medio de una naturaleza tan bella y por lo tanto altamente sensible a cualquier desaforada depredación territorial derivada del asedio demográfico, las explotaciones agropecuarias, madereras o extractivas, a muy buen seguro sería el germen de su concienciación ecológica, la cual no hizo más que aumentar a lo largo de su vida.
Tenía quince años cuando tomó el tren y se marchó para siempre de la pequeña ciudad donde había nacido para asistir a un instituto en Vitoria, la capital del estado de Espirtito Santo. Acostumbrado al abastecimiento de la producción de la granja agrícola de su padre, el joven Sebastião se mostraba absolutamente torpe a la hora de gestionar el dinero que le enviaba su familia. Se dice que en esta época las carencias eran de tal calibre que hasta acudía hambriento a los restaurantes para pedir sobras. Es en este contexto en el que conoce a Lélia Wanick, de 17 años, por aquel entonces estudiante de música. Un amor a primera vista, su único y gran amor que le acompañará el resto de su vida. Tras finalizar la secundaria, comienza sus estudios universitarios en Derecho y, transcurrido un año, se matricula en la carrera de Economía mientras trabajaba como secretario de la Alianza Francesa en la misma ciudad.
Corría el año 1964 cuando en Brasil se instaura una brutal dictadura militar. En la convulsa década de los años 60, no es de extrañar que tanto Sebastião como Lélia participaran activamente en movimientos sociales y políticos contra el régimen. En especial en Latinoamérica, donde las desigualdades y la gestión colonial de sus recursos naturales por potencias extranjeras empobrecían al grueso de su población y alentaban la aparición de grupos armados de inspiración marxista en gran parte del continente. La pareja tendrá una militancia activa dentro del movimiento universitario brasileño, tal como hacían los estudiantes de París, Berlín o Chicago, pero con el serio agravante de que ambos en su clandestinidad fueran detenidos, encarcelados, torturados y deportados por parte del aparato represor del régimen.
En 1967 Sebastião obtiene una beca para cursar un master en la Universidad de Sao Paulo, por lo que la pareja se muda a esa ciudad. En ese mismo año, se gradúa como economista y también se casa. A partir de aquí los acontecimientos se precipitan. La presión de la dictadura militar conmina a Sebastião y Léilia a salir de Brasil e instalarse en París en 1969. Allí, en 1971, Lélia inicia su carrera de Arquitectura mientras Sebastião comienza su doctorado en la Escuela Nacional de Estadística Económica, que alterna con su formación de economista en Estados Unidos.

Sebastião Salgado y Lélia Deluiz Wanick en París. Al fondo la “Place du Trocadero”
Por aquel entonces se produce un acontecimiento que marcaría definitivamente el rumbo de Sebastião. Lélia se compra una cámara Pentax con un objetivo de 50 mm como apoyo a sus trabajos como estudiante de arquitectura. Según cuenta Sebastião, era la primera vez que veía a través del visor de una cámara. Quedó tan fascinado que, según sus propias palabras, “la pobre Lélia nunca más ha visto su cámara desde aquella”. A partir de ahí la permeabilización de la fotografía en Sebastião es total. Pronto se hace con un tele objetivo de 200mm y un gran angular de 24mm. Incluso llegará a dedicarse al revelado fotográfico en un pequeño laboratorio en París, en concreto en la ciudad universitaria, lo que proporcionaba financiación en su incipiente y apasionada actividad fotográfica. Durante su formación con la cámara de Lélia, experimentará haciendo fotografías de deportes, retratos, bodas y hasta desnudos, antes de encontrar su género más vocacional que era el de foto documentalista. De una forma instintiva, según él por sus orígenes y militancia política, finalmente se inclinaría por la fotografía social. Sus primeros trabajos en este sentido tuvieron como escenario las zonas periféricas de Paris, con una numerosa población inmigrante. Sebastião siente aquí predilección por la colonia portuguesa, por obvios motivos culturales y lingüísticos.

Sebastião y Lélia a comienzos de la década de 1970
En 1972 lo contrata la Organización Internacional del Café con sede en Londres, motivo por el cual Sebastião y Lélia se desplazan a vivir a esta ciudad. En su faceta como economista y por encargo de este organismo, emprende un viaje por África para que elabore diagnósticos que evalúen la viabilidad de las economías locales. Y es aquí donde descubre la potencia narrativa de la fotografía al ilustrar sus trabajos con el apoyo de las fotografías. Uganda, Ruanda, Burundi, Kenia, El Congo… En 1973, con una cámara Leica entre sus manos, elabora un impresionante reportaje sobre la gran sequía en Niger. Fotos de madres exhaustas con sus hijos lactantes inertes ya sin fuerzas para encaramarse a los agotados pechos maternos; figuras escuálidas de rostros desencajados por el sufrimiento, extremadamente envejecidos a pesar de su juventud; caminantes consumidos transportando tinajas de agua varios kilómetros a pie; esqueletos vivientes en sus últimas horas de vida debido al hambre y la deshidratación que conlleva la malaria… Y, a pesar de todo, unas composiciones sublimes en blanco y negro que le otorga a todo ese colapso humanitario una dignidad monumental, en las que se pueden reconocer hasta trazas pictóricas propias de cuadros de gran formato del género épico. Es el comienzo del estilo Salgado, por el que será reconocido mundialmente una década después.
A su regreso a Paris, decide abandonar su puesto en la Organización Internacional del Café tras un intenso debate interno para vislumbrar su futuro: si economista, con varias ofertas de trabajo procedentes del Banco Mundial en Washington y del departamento de macroeconomía del ministerio de finanzas de Brasil a través de la Universidad de Sao Paulo, o fotógrafo. Felizmente, optó por esta última opción ya que “La fotografía me daba diez veces más placer que los datos económicos”. Tras una fuerte autopromoción, en la que estuvo implicada Léilia, en 1974 entra a formar parte de la Agencia Sygma. En este mismo año nace su primer hijo, Juliano. En 1975 entra a trabajar como reportero para la Agencia Gamma de París, “mi escuela de fotoperiodismo” diría. A partir de aquí los encargos vendrán de prestigiosas publicaciones como Paris Match, Stern o Time Magazine. Sus fotografías de interés en conflictos en multitud de partes del mundo en esa época, estaban tratadas desde una perspectiva antropológica, producto de su formación académica en la que se estudiaba en profundidad la idiosincrasia local de cada país para entender la macroeconomía global, para lo cual siempre procuraba la máxima integración con los pueblos que lo acogían.
En 1979 nace en París, al igual que su hermano Juliano, su segundo hijo, Rodrigo. Y es precisamente en ese mismo año que da otro salto cualitativo cuando se une a la legendaria agencia Magnum Photos, una cooperativa fundada por algunos de los fotógrafos más célebres del siglo XX, como Robert Capa y Henri Cartier-Bresson. Dos años más tarde, Magnum le encarga cubrir los cien primeros días del gobierno de Ronald Reagan. El intento de asesinato del presidente de los Estados Unidos el 30 de marzo de 1981 a manos de un admirador de la actriz Jodie Foster, cambió la vida del fotógrafo brasileño. Su cámara captó el atentado y las imágenes obtenidas tuvieron una demanda instantánea por parte de las principales agencias de noticias de todo el mundo, catapultando su fama y permitiendo la financiación de sus primeros proyectos personales que comenzarían a forjar su leyenda. La mayoría de estos trabajos fueron creados en cooperación con organizaciones como Médicos Sin Fronteras, Unicef, Unesco y Reporteros Sin Fronteras. Tras ello, Sebastião Salgado se convierte en socio de Magnum Photos y tres años después, en 1984, ya sería miembro de pleno derecho en los consejos de administración de la agencia.

Sebastião Salgado con su hijo Juliano a finales de los años 70
Los años 80 son para Sebastião una etapa de actividad frenética que significarían su consagración a nivel mundial. En los inicios de la década, comienza a fotografiar la lucha de los trabajadores rurales de Brasil por recuperar su tierra, en lo que sería el germen de su publicación “Terra” de 1998. En 1986 publica “Otras Américas”, un auténtico retrato de la pobreza de América Latina. Ese mismo año publica también “Sahel. El fin del camino”, tras 15 meses de trabajo con la organización Médicos sin Fronteras, durante la colosal hambruna generada por la sequía. Y prácticamente de forma simultánea comienza su proyecto de recorrer el mundo fotografiando obreros manuales que en 1993 se materializaría en el libro “Workers”.
En 1991, se traslada a Irak tras la Guerra del Golfo, documentando la actividad de los operarios estadounidenses dedicados a apagar los incendios en los campos petróliferos de Kuwait producidos en la contienda. Tras 15 años de permanencia en la Agencia Magnun, Sebastião la abandona para fundar con su mujer Amazonas Images “La agencia de prensa fotográfica más pequeña del mundo, pues solo tiene un único fotógrafo”. A partir de aquí Sebastião se centra en las series por las que es mundialmente conocido: Amazonía, Trabajadores, Migraciones… Entre 1993 y 1999 se dedica a hacer fotografías sobre personas desplazadas forzosamente. De ahí saldrá en el 2000 “Migrations” y “The Children”. Sobre el coste anímico que representó este trabajo habla a las claras esta declaración de Sebastião: «Estaba acabado. Pasé siete años fotografiando a refugiados que huían de las guerras. En los campos de refugiados del Congo, en Goma, en 1994, morían 12.000 ruandeses al día. Yo estaba allí. Lo que vi en Ruanda fue tan brutal que dejé la fotografía».
Con la intención de descansar y recuperarse del agotamiento emocional, Sebastião regresa a Brasil donde le impresionaron profundamente los cambios sufridos en la hacienda de sus padres. La selva, que antes ocupaba la mitad de la superficie, se había reducido a menos del 1 por ciento. Lélia y Sebastião centran ahora todas sus fuerzas en reforestar la región. En 1998, convirtieron 680 hectáreas en reserva natural y fundaron el Instituto Terra, consiguiendo plantar 2,7 millones de árboles. Tras esta experiencia, volvió a trabajar con su cámara y dedicó su atención a la fotografía de paisaje. Sebastião se consagra en cuerpo y alma a proclamar su amor por la tierra. Uno de sus últimos proyectos lo dedicó a la Amazonía iniciado en 2013. Salgado comenzó a retratar en blanco y negro a 13 tribus amazónicas, como los suruwahas, que viven sin jefe ni ninguna otra jerarquía en una pequeña comunidad; o los korubos, que aún hace unos pocos años que entraron en contacto con la civilización occidental. El proyecto “Amazonía” generó un libro y una exposición. «Pensé que pasaría meses adaptándome a ellos [los indígenas], pero fue un proceso de horas”, dijo entonces el fotógrafo. Si en un comienzo la pobreza, la guerra y los desplazamientos eran los principales motivos de las fotografías en blanco y negro de Sebastião Salgado, ahora su vida se centrará en un colosal homenaje al planeta. Este cambio en su carrera se cuenta en la película «La sal de la Tierra», rodada por el director alemán Wim Wenders junto a Juliano Salgado, hijo mayor del fotógrafo, y nominada al Oscar al Mejor Documental en 2015. Ese mismo año se lanza el hercúleo “Genesis”, proyecto iniciado en 2004. El fotógrafo pasó ocho años viajando a lugares remotos del planeta para mostrar que todavía existen regiones ajenas a la noción de progreso. Escenarios de naturaleza intacta, animales y pueblos indígenas que aún mantienen sus costumbres ancestrales. Hacia el final de su vida, Sebastião Salgado siguió viajando y contando historias con su cámara, siempre fiel a lo que señaló una vez: «Salí en busca del planeta y me encontré a mí mismo”.
El legado de Sebastião Salgado
Es evidente que la obra de Sebastião Salgado tiene una pertinaz reincidencia en retratar los dramáticos acontecimientos humanos y la enorme biodiversidad amenazada del planeta. Y lo hace con toda su carga de pathos, en un envoltorio deliberadamente bello. Así lo reconocemos en sus reportajes sobre la sequía en el Sahel, la hambruna de Etiopía, la Revolución de los Claveles de Portugal, la Guerra de independencia en Mozambique, en sus trabajos para Gamma y Magnun, y en todos sus proyectos personales que vinieron después y que acabarían en publicaciones: Other Américas (1986), Sahel, L’Homme en Détresse (1986), Sahel, El Fin del Camino (1988), An Uncertain Grace (1990), Workers (1993), Terra (1997), Migrations (2000), The Children (2000), The End of the Polio, A Global Effort to End a Disease (2003), Genesis (2013)
Other Américas (Otras Américas). 1986




En “Otras Américas”, el primer gran trabajo de Sebastião Salgado, se documenta la vida y las costumbres de las comunidades rurales e indígenas de América Latina durante un período de seis años, desde 1977 hasta 1983, en una época de una gran agitación social, con el trasfondo de las guerrillas marxistas y la Teología de la Liberación.
Sus fotos intensamente emotivas, y a menudo desgarradoras, capturan la lucha cotidiana de poblaciones paupérrimas y la injusticia en las que están inmersas, pero también la fuerza de espíritu y la riqueza cultural latinoamericana. Más en concreto de Ecuador, Perú, México, Chile y Guatemala. En este proyecto, la pobreza se muestra desde las propias poblaciones de campesinos e indígenas, cuyas vidas se han visto envueltas en la marginación racial y la miseria impuestas por la modernización, colonización y urbanización, que han provocado la precariedad y la indigencia de la mayoría de ellos. Muchas de las tomas se hicieron en las zonas más periféricas del continente, donde el declive económico es aún más notable. Salgado muestra tanto dichas carencias como los recursos que permiten la supervivencia: la religión, el culto a la tierra y a los animales, los rituales con danza y música, y la aceptación de la muerte. La intención no era simplemente exponer la miseria, sino explorar la cultura de los campesinos. Por eso se señala una alternativa, deliberada, evocada en el título: la relación que mantienen estas comunidades con la naturaleza y la tierra, interrumpida por los procesos de la industrialización y mecanización del país; también destaca que las “otras américas” se han mantenido en un marco temporal diferente a las zonas dominadas por la modernidad.
Resulta especialmente conmovedora su colaboración en Ecuador con el joven sacerdote Gabicho, el cual le introdujo en su labor solidaria en la conformación de las cooperativas de campesinos Saraguros, con los que Salgado pudo convivir y fotografiar. “El tiempo que pasé con los Saraguros me parecieron cien años. Todo era tan lento. Era otra manera de pensar, otra velocidad.” También su estancia en comunidades de campesinos mixes en el Estado de Oaxaca, en México, con una agricultura anclada aún en la época de la conquista española, y donde casi todos sabían tocar algún instrumento musical. En ambos casos el fotógrafo se integra con las comunidades de acogida. Duerme, come, ríe y llora como uno más de sus miembros. Y este mimetismo absoluto con los pueblos que visita sería una constante en la forma de trabajar de Sebastião Salgado, que ya había puesto en práctica en sus primeros trabajos para documentar sus dosieres en la época de la Organización Internacional del Café.
Sahel, l’homme en détresse (Sahel, el hombre en apuros). 1986





Publicado en España como “Sahel, El Fin del Camino” en 1988. Entre 1984 y principios de 1986 trabaja en colaboración con Médicos Sin Fronteras en un proyecto de 15 meses de duración documentando la hambruna en África en los campos de refugiados habilitados por miembros de la ONG francesa. Sebastião Salgado centró su lente en la devastadora sequía que afectó a la región del Sahel en África. El colapso humanitario que afectó especialmente a países como el Chad, Etiopía, Malí y Sudán.
El propio Sebastião Salgado cuenta que estas fotografías son la muestra de las consecuencias de la pobreza del continente provocadas por el desequilibrio social y de riquezas y la sequía, hasta el extremo de devenir en una hambruna catastrófica. Para exponer la situación comunica las causas mediante imágenes de angustia, cuerpos humanos esqueléticos vestidos con trapos desaliñados y llenos de polvo, e incluso cuerpos que no se distinguen si siguen con vida o si esperan un entierro. Su principal intención era mostrar que había una gran parte de la humanidad que vivía en la miseria. Tanto el libro como una serie de exposiciones fotográficas fueron creados específicamente para concienciar y apoyar los esfuerzos de Médicos Sin Fronteras.
Imágenes que golpean, que desarman, que quiebran, que conmueven, que llegan a los sótanos del alma en el caso de que no se carezca de ella, claro. Un dolor infinito, pero dignificado en extremo por la elección de los encuadres, por ese característico blanco y negro con el contraste justo, por las composiciones tan bellas por momentos.
An Uncertain Grace (Una incierta gracia). 1990
Libro recopilatorio de imágenes obtenidas en sus dos proyectos anteriores por América y África, con textos del escritor uruguayo Eduardo Galeano.
Workers. (Trabajadores). 1993



Poco después de finalizar el reportaje de Sahel en 1986, Sebastião y Lélia iniciaron la planificación de un nuevo proyecto al que llamarían “Le main de l’homme” (La mano del hombre). Consistía en un total de cuarenta reportajes alrededor de veinticinco países durante siete años. Para acometerlo consigue el apoyo de la agencia Magnum y de varias publicaciones periódicas, como Paris Match, El País Semanal, Stern y The New York Times.
Entre 1986 y 1992 Sebastião Salgado recorre 26 países retratando obreros. En este caso, el tema lo concibe como un único proyecto de gran ambición, llevado a cabo en esos mismos años. Aquí se puede ver cómo Salgado consigue imágenes de gran fuerza visual en las que demuestra la dureza y el esfuerzo de los trabajadores y su lucha por mantener las tradiciones milenarias de sus países y, como en otras ocasiones, mostrando la dignidad con la que viven estos personajes.
El proyecto finalizó en un libro, publicado en el 1993, en el que únicamente se incluyeron veintinueve de los cuarenta reportajes, titulado “Workers. An archeology of the Industrial Age” (“Trabajadores. Una arqueología de la era industrial”), que reunía más de 200 imágenes. También se preparó una exposición que se exhibió por más de veinte países por Europa, Estados Unidos y Latinoamérica.
Los reportajes tienen un tema en común: rendir homenaje al trabajo manual y tradicional, que desaparece gradualmente, frente a las nuevas tecnologías, la electrónica y la creciente robótica que sustituyen la presencia humana. Su principal atención se dirigió hacia la gran industria y la producción a gran escala en las que la labor manual y sus protagonistas aún son importantes para su funcionamiento.
En cada país se documentó de distintas profesiones: las cañas de azúcar en Brasil y Cuba, el té de Ruanda, el tabaco en Cuba, el cacao en Brasil, el perfume de la Ile de la Réunion, los textiles de Bangladesh y Kazakstán, las bicicletas en las ciudades de Shanghái y Tianjin en China, los scooteres en Pune, y las motocicletas en Madras, ambos en India; los automóviles en Ucrania, Rusia, India y China, los astilleros navales en Polonia y Francia, y los desguaces de barcos en Bangladesh, India; el titanio, magnesio y plomo de Kazakstán, el acero en Francia y Ucrania, el carbón en la India, el azufre en Indonesia, el petróleo de Bakou, las minas de hierro de Kazakstán, el ferrocarril en el túnel del Canal de la Mancha, la pesca en Galicia y el riego del canal Sandar Sarovar y Rajashtan en la India.
Entre todos los reportajes, tres de ellos adquirieron una relevancia internacional hasta resultar icónicos: son los de la pesca ancestral del atún en Sicilia; los de las minas de Serra Pelada en el estado de Pará, en Brasil donde a setenta metros de profundidad, trabajaban cada día más de 50.000 hombres, “garinpeiros” atraídos por la fiebre del oro; y los incendios de los pozos de petróleo de Kuwait provocados por el ejército iraquí en la guerra del Golfo de 1991.
Terra. 1997




En la lucha por la tierra, Salgado muestra la fuerza y la dignidad de aquellos campesinos que no huyeron a la ciudad y se quedaron para intentar recuperar sus tierras. Fueron aquellos que iniciaron el MST (“Movimento dos Trabalhadores Rurais Sem Terra”). “Terra”, es la muestra del testimonio de la lucha y resistencia de los campesinos e indígenas para intentar llegar a un cambio social. Y esto se capta a nivel estructural y de contenido: no solo consiste en el desplazamiento de masas, sino también en la fragmentación de la población de un país. Esta modernización, concuerdan, tiene la consecuencia de que se conviertan en emigrantes hacia la urbanización, donde el destino más común era la capital São Paulo. Al llegar a la ciudad se enfrentan a la realidad de las megaciudades: unos pocos consiguen trabajo por un salario ridículo y otros se hacinan en la calle.
El 17 de abril de 1996 quedará marcado para siempre en la memoria del movimiento campesino de Brasil como un día de luto y lucha conocido mundialmente como “Masacre de Eldorado do Carajás”, en el sur del estado de Pará, lo que a buen seguro es uno de los crímenes más graves de violencia del estado brasileño contra los trabajadores rurales, y que a día de hoy aún permanece impune. Basta recordar que 19 campesinos fueron asesinados por la Policía Milite. El enfrentamiento ocurrió cuando 1.500 “Trabalhadores Rurais Sem Terra” que estaban acampados en la región decidieron hacer una marcha en protesta contra la demora en la expropiación de tierras, principalmente las de la Hacienda Macaxeira. La policía militar fue encargada de expulsarlos al interrumpir el tránsito de una carretera.
Desde 1980 Sebastião Salgado estaba documentando la lucha de los trabajadores rurales por recuperar sus tierras en Brasil y los sucesos acaecidos en Carajás en 1996 fueron la culminación más poderosa que pudiera haber encontrado dicho trabajo. De ahí saldrá la publicación de Terra, con prólogo de José Saramago y poemas de Chico Buarque.
Migrations (Éxodos) / The Children of Migrations (Los niños del éxodo). 2000





La temática de la emigración la empezó a tratar con Terra en 1982 y culminó con el proyecto Migrations, de 1999. En ambos, lo que mueve a Salgado es el desplazamiento humano como consecuencia de la modernidad, la industrialización o las guerras que asolaban los diversos países por los que viajaba en esos momentos.
El apartado de las migraciones se centra en los efectos que tuvieron sobre las comunidades de indígenas y los trabajadores rurales las apropiaciones de tierras por parte de grandes corporaciones, lo que obligo a un éxodo en masa sin precedentes a las ciudades, donde las empresas ofrecían miles de puestos de trabajo. En los núcleos urbanos se dio un excedente de población, convirtiendo a algunos de los migrantes en parados, sin techo y hacinados en chabolas, llamadas en Brasil “favelas”. En estas fotografías se muestra el efecto que tuvo la modernización e industrialización en países latinoamericanos tercermundistas, como lo era la zona más rural de Brasil, así como también de qué manera repercutió la migración de los campesinos e indígenas hacia las ciudades, con la esperanza de encontrar trabajo.
Poco antes de finalizar el proyecto “Trabajadores”, Robert Ménard (1953), joven fotógrafo fundador de Reporters sans frontèries, le propuso a Sebastião Salgado realizar un reportaje sobre los refugiados del mundo. Aunque en un inicio tuvo una reacción de rechazo, finalmente decidió planificar los diferentes reportajes que le llevarían a viajar alrededor del mundo durante siete años. Para poder llevarlo a cabo contactó con varias organizaciones especializadas en el tema de los refugiados, como la OIM (Organización Internacional de la Migración), ACNUR y UNICEF; también contó con la ayuda de varios periódicos y revistas, en los cuales se publicaron algunas fotos, como El País Semanal, The New York Times, Rolling Stone, Stern, entre otras.
El resultado del proyecto desembocó en el diseño –a cargo de Lélia– del libro Migrations (cuyo título en castellano fue Éxodos), publicado en el 2000, a la vez que se realizaban exposiciones en muchos países de Europa, Estados Unidos y Latinoamérica bajo el título Exodus. Parte de los beneficios se dirigieron a las ONG encargadas de suministrar ayuda a los refugiados. El contenido de los más de 43 reportajes está dividido en cuatro grandes bloques: emigrantes y refugiados (México y la frontera con Estados Unidos, Gibraltar y Tarifa, Vietnam, Afganistán, Líbano, Palestina, Kurdistán, Lituania, Croacia, Bosnia, Serbia, Albania e Italia), el continente africano (Sudán del sur, Kenia, Tanzania, República Democrática del Congo, Zaire, Angola, Mozambique y Malawi), los éxodos rurales de América Latina y el posterior caos urbanístico (Brasil, Ecuador, México y Honduras), y las megaurbanizaciones de Asia y África (India, Filipinas, Vietnam, Egipto, Indonesia, Turquía y China).
“Mostrar a estas personas desplazadas y rendir un homenaje a su voluntad de inserción, su valentía frente al desarraigo; su increíble capacidad de adaptación en situaciones a menudo muy difíciles”. El tema de la migración tiene un impacto especial en Salgado, ya que él mismo se vio como uno de ellos cuando tuvo que salir de su país natal por razones políticas y no pudo volver hasta 1979. Las imágenes que se muestran tienen como protagonistas a familias o comunidades enteras viajando en medio del desierto de África o por las ciudades en ruinas de Europa, personajes individuales cuyo rostro representa la esperanza de una vida mejor. En estas migraciones atendió especialmente a los niños en la publicación del libro «The Children of Migrations» (Los niños del Éxodo) del año 2000. En sus imágenes se plasma que, a pesar de las desgracias que viven, siguen siendo niños y siguen sonriendo.
The End of the Polio. A Global Effort to End a Disease (El final de la polio. Un esfuerzo global para erradicar una enfermedad). 2003




«Los inmensos esfuerzos para erradicar la poliomielitis han renovado mi esperanza, mi fe en las soluciones», según el propio Sebastião Salgado. El libro incluye un ensayo del escritor Siddarth Dube, nacido el mismo día de 1961 en que su hermano fue diagnosticado con la enfermedad. El libro también incluye la historia completa de la enfermedad en forma de una línea de tiempo ilustrada.
Sebastião Salgado fue invitado por la OMS y el fabricante de vacunas Aventis Pasteur para documentar la fabricación y administración de la vacuna en en donde todavía existía el virus: El Congo, Somalia, Sudán, India, Pakistán y Afganistán (en la actualidad se ha reducido a Pakistán, Afganistán y Nigeria). «La magnitud de esto me llamó la atención. Aunque había visitado con frecuencia la mayoría de los países donde la poliomielitis sigue siendo un problema, no me había dado cuenta del terrible impacto que todavía tiene esta enfermedad. Tampoco era consciente del gigantesco esfuerzo que se estaba haciendo para erradicarla: millones de personas entregando dosis de la vacuna contra la poliomielitis a decenas de millones de niños. Es una historia increíble que quería ayudar a contar».
El número de casos de poliomielitis en todo el mundo ha disminuido en más del 99%, de 350.000 en 1988 a poco más de 400 casos en 2013. Salgado dijo sobre la campaña de la que fue testigo: «En mi trabajo, he documentado terribles atrocidades… abrumadoramente causada por la humanidad… Los inmensos esfuerzos para erradicar la poliomielitis han renovado mi esperanza, mi fe en las soluciones».
Génesis (2013)




Estamos ante otra extensa y ambiciosa colección de fotografías que capturan la naturaleza y la vida humana en su estado más puro y primitivo. Realizado durante un periodo de 8 años, Sebastião Salgado viajó a los rincones más remotos e intactos del planeta, con el objetivo de mostrar la majestuosidad de la naturaleza y las formas de vida que han permanecido inalteradas a pesar de la expansión de la civilización moderna. El libro está dividido en cinco secciones geográficas: el Sur del Planeta, Santuarios, África, Tierras del Norte y la Amazonía y Pantanal. Cada sección presenta paisajes y formas de vida únicas, desde tribus aisladas y animales raros hasta montañas escarpadas y vastas extensiones de desierto. “Sur del Planeta” cubre las regiones polares y subpolares de la Antártida y las Islas Malvinas. “Santuarios” muestra áreas como el archipiélago de Galápagos y las montañas del este de África. “África” se centra en la vida silvestre y las tribus indígenas del continente, mientras que “Tierras del Norte” presenta las regiones árticas de América del Norte y Eurasia. “Amazonía y Pantanal” captura la selva tropical y las zonas húmedas de Brasil.
En “Génesis”, Salgado busca evocar un sentido de asombro y respeto por la belleza natural del planeta y por las formas de vida que aún se mantienen fieles a sus antiguos modos de existencia. Las imágenes son aquí poderosas y deslumbrantes, pero también evocadoras y simbólicas, capturando no solo la magnificencia de la naturaleza, sino también su fragilidad. “Nuestra misión era tratar de localizar los paisajes terrestres y marinos, los animales y las antiguas comunidades que han escapado del largo, y a menudo destructivo, brazo del hombre moderno.”. “Esta obra es la documentación de mi viaje, una oda visual a la majestuosidad y fragilidad de la Tierra. Aunque es también una advertencia, eso espero, de todo lo que corremos el riesgo de perder.”
Con Génesis, Sebastião Salgado vuelve a lo primordial y se descubre a sí mismo como un miembro más del ecosistema. Para su carrera fotográfica significó un giro radical: cambiar el documentalismo por el ambientalismo. Del retrato al paisaje, el fotógrafo tuvo que reinventarse. Y, nuevamente, no faltaron las críticas por su preciosismo acusado de vacuo.
Amazonia (2021)



Y otro nuevo gran proyecto con el que Sebastião Salgado nos lleva en un viaje visual y espiritual a través de la majestuosidad y la diversidad del Amazonas, una de las últimas regiones verdaderamente salvajes del planeta. Realizado durante seis años, “Amazonia” es un tributo al bosque tropical más grande del mundo y a sus habitantes. Sebastião Salgado viajó extensamente por la región, visitando comunidades indígenas, explorando ríos y selvas, y documentando la increíble biodiversidad de la Amazonia.
El libro está lleno de impresionantes fotos en blanco y negro que capturan tanto la magnificencia de los paisajes del Amazonas como la vida y las culturas de sus habitantes. Desde panoramas de la selva virgen hasta retratos íntimos de las tribus que viven en armonía con su entorno, “Amazonia” ofrece una visión sin precedentes de una región que es a la vez vital para nuestro planeta y que está profundamente amenazada.
Otros proyectos
Instituto Terra. 1998

Con Lélia, supervisando los resultados de reforestación promovida desde el Instituto Terra en la antigua explotación familiar de los Salgado en Aimorés, Minas Gerais
Tras sus viajes por África «se le enferma el alma», y un agotado Sebastião Salgado se cuestiona profundamente su trabajo como fotógrafo social y su papel como testigo de la condición humana.
“¿Qué podría hacer después de Ruanda? Para esos momentos, la salud de mi abuelo había empeorado. Mis padres regresaron a Brasil para cuidar la granja. No era más que un terreno baldío, no sabían qué hacer con él. Los pájaros, caimanes y las selvas majestuosas habían desaparecido. No quedaba nada de las memorias de infancia de Sebastião. Y luego, a Lélia se le ocurrió una idea sorprendente: ¿Por qué no replantamos la selva que había antes? La selva que había antes y que alguna vez ocupó todas estas colinas. Era la mata atlántica. La selva tropical atlántica. Nadie había tratado de replantarla y menos a una escala de 600 hectáreas”.
La sugerencia de Lélia surge del anhelo de levantar el ánimo a una familia a la que la debacle medioambiental de su entorno la deja sin referentes, sumida en una depresión profunda. En los siguientes diez años, sucede el milagro llamado Instituto Terra.
El Instituto Terra, fundado en 1998 por Sebastião Salgado y su esposa Lélia Deluiz Wanick, es una organización sin fines de lucro creada en Brasil dedicada a la reforestación, la conservación y la educación ambiental. Después de aquel regreso a su hogar en el estado de Minas Gerais, Sebastião y Lélia se sintieron desconsolados al descubrir que la exuberante selva tropical que una vez caracterizó la región había sido devastada por la deforestación. Decidieron entonces transformar la tierra baldía de su vieja hacienda familiar en un bosque. A través del Instituto Terra, reforestaron una parcela de 1.502 acres con más de 2 millones de árboles de 290 especies diferentes. El resultado ha sido asombroso: el área, que alguna vez estuvo completamente degradada, ahora es un exuberante bosque tropical, un Santuario del Atlántico – reserva natural privada – hogar de cientos de especies de flora y fauna, muchas de las cuales están en peligro de extinción.
Actualmente, esta labor medioambiental cuenta con más de 40 proyectos que benefician a municipios del Estado de Minas Gerais y Espirito Santo. Gracias a esta iniciativa, en 2012 se instauró un nuevo Código Forestal de Brasil que salvaguarda el medio ambiente y alienta la reforestación.
The Salt of The Earth (La sal de la tierra). 2014

“Realmente le importaban las personas. Esto significaba mucho para mí”. Wim Wenders, entre ficción y ficción, no ha dejado de cultivar el género documental. Han pasado por su lente personalidades creativas muy variadas: Nicholas Ray (cineasta-mito), Yasujiro Ozu (alma presente, cuerpo ausente), el modista Yohji Yamamoto, el glamour de los cantantes de un género en extinción en Cuba de ‘Buena Vista Social Club’, los bluesmen de ‘The Soul of a Man’, el espíritu y la obra de Pina Bausch (bailarina y coreógrafa) y, ahora, el fotógrafo Sebastião Salgado, ya consagrado como un mito reverencial en la recta final de su vida.
“La sal de la tierra” es un documental dirigido por Wim Wenders y Juliano Ribeiro Salgado -hijo del fotógrafo- que cuenta la vida y la carrera de Salgado. Un tributo entregado, desde el corazón y con corazón, al talento y la dedicación de Sebastião Salgado como una reflexión sobre los temas recurrentes de su trabajo: la dignidad humana, la devastación ambiental y la resistencia en tiempos de adversidad. Íntimo, reflexivo, pausado, con abundancia de silencios estruendosos… Y, cómo no, recibido con ciertas reticencias por parte los habituales fustigadores de Sebastião Salgado que ven en esta monumental obra de Wim Wenders otra nueva hagiografía dedicada el fotógrafo brasileño, acompañada de una clamorosa ausencia de crítica.
El documental entrelaza tres hilos narrativos. El primero es una mirada retrospectiva a la carrera de Salgado, mostrando algunas de sus fotografías más icónicas y discutiendo los proyectos que las engendraron. Desde sus primeros trabajos en África hasta sus extensos proyectos “Trabajadores”, “Éxodos”, “Génesis” y “Amazonia”, nos muestra una visión profunda de su obra y su habilidad para capturar la humanidad incluso en los entornos más difíciles. El segundo hilo es una crónica más personal de su vida, contada a través de entrevistas íntimas y material de archivo familiar. Se exploran sus primeros años en Brasil, su exilio político, su relación con su esposa Lélia, quien ha sido una colaboradora fundamental en sus proyectos, y su lucha con la depresión tras presenciar algunos de los horrores más terribles del mundo. El tercer hilo es la historia del Instituto Terra, el proyecto de reforestación que Salgado y Lélia iniciaron en su hacienda familiar en Brasil y del que ya se ha hablado antes.
Quienes esperen dilucidar aquí quién es Sebastião Salgado quizás se puedan ver en parte decepcionados, pues este documental no indaga en quién es, sino que más bien ahonda en cómo es y cómo ha pergeñado su interesantísima obra, incidiendo en su calidad humana, honestidad e implicación emocional. Decir que nació un 8 de febrero de 1944 en Aimorés (Minas Gerais, Brasil) sería un mero punto de partida cronológico que lo ubica social y temporalmente. De su renuente formación de economista saltó a su casual pero arrolladora vocación como fotógrafo. Como del continente nativo americano pasó a formarse en Europa para luego saltar al mundo, con especial atención e intención en África, ese pozo reseco de desdichas y fatalidades. La claridad de la mirada es lo que más impacta. Su falta de artificio, su inmediatez, su rectitud, su integridad como persona y como ser humano doliente e implicado en la realidad del mundo en el que habita. Una persona digna que mira con profunda estima y candor todo lo que se encuentra a su camino en sus innumerables y trabajadas búsquedas a lo largo del planeta. No hay censura ni juicio en su mirada, sino un intento por abarcar toda la diversidad de las personas y de la tierra que habitan. Hay necesidad de dar testimonio, de reflejar, de documentar, de dar a conocer, pero no se siente en ningún momento un afán moralizador o un prurito enjuiciador o una tentación manipuladora. Las cosas son como son, las personas viven lo que les ha tocado vivir y el fotógrafo sólo es un instrumento para darlo a conocer, para hacerlo visible y dejar constancia notarial.
“Se dijo que yo hacía estética de la miseria. ¡Y una mierda! Fotografío mi mundo”
Sebastião Salgado explica en sus memorias que el camino hacia el documentalismo social lo descubrió de manera natural, como “una prolongación de mi compromiso político y de mis orígenes”. Lo hizo con sus primeros reportajes de África, de pequeña magnitud y ejecutados de manera intermitente y siguió con los proyectos tempranos realizados para la agencia Gamma, y que fueron publicados en pequeñas revistas como “Secours Catholique” o “La Vie Catholique, Bayard”, entre otras. Foto documentalismo que, como sabemos, se consolida en sus grandes proyectos que se sustanciaron en “África”, “Other Americas”, “Terra”, “Sahel”, “Workers”, “Migrations, “The End of the Polio” y “Genesis”.
En On Photography (1977), Susan Sontag definió el género como aquella fotografía cuyo objetivo es documentar una realidad oculta para el fotógrafo y los espectadores, con una intencionalidad social y de acción. Años después Jean-Claude Lemagny y André Rouillé, en Historie de la photographie (1986), siguieron con esta definición incidiendo en aquellas fotografías con fines de transformación social que centran su mirada en las clases trabajadoras, los pobres y las injusticias sociales.
No obstante, cabe hablar de una escuela documentalista propia de Brasil que se evidenció en la exposición “Documentalistas Contemporáneos Brasileiros”, realizada en 1994 en el Centro Cultural Banco de Brasil de Rio de Janeiro, y en la cual, cómo no, participa Sebastião Salgado. Aparte de Sebastião Salgado, otros representantes de este grupo de documentalistas procedentes del suroeste de Brasil serían Paula Sampaio, cuyo tema principal refleja su migración al Estado de Pará y las migraciones de pueblos de la Amazonia; Bernardo Magalhaes, que realizó reportajes sobre Minas Gerais y que, al igual que Salgado, fotografió el MST.
Son varios y significativos los aspectos que definen la singularidad de dicha escuela: el interés por capturar determinadas condiciones de vida y realidades sociales del país (la pobreza, la violencia, la explotación, etc.); las tensiones provocadas por los desplazamientos entre el campo y la ciudad; el deseo implícito de denuncia de toda forma de explotación y formas de gobiernos marcadas por la represión como la que vivió Brasil con la dictadura militar entre 1964 y 1985; las relaciones étnicas entre indígenas, europeos y negros; y una creciente conciencia ecológica en un país con una impresionante biodiversidad, como pocas en este planeta, y la forma sistemática en la que viene siendo destruida con una saña exponencial año tras año, debido a una depredación de los recursos naturales sin precedentes en la historia de la humanidad.
Otra característica de los documentalistas brasileños son las imágenes como documentos artísticos, donde el registro del cuestionamiento social se ve acompañado de un valor estético. Es decir, expresar preocupación social a la vez que se hace arte.
En este sentido conviene detenerse, pues quizás estemos ante una de las mayores polémicas generadas por la obra de Sebastião Salgado pese a su unánime reconocimiento: la interpretación de sus imágenes, entre la adhesión apasionada y el cuestionamiento general acompañado habitualmente de enconadas controversias, despertando tanto alabanzas por la calidad plástica de sus imágenes como críticas feroces precisamente por lo mismo en un contexto iconográfico de denuncia social y ambiental. A Sebastião Salgado le ha acusado, desde una visión postcolonial, el haber presentado supuestamente a unos indígenas aculturados y contaminadores de su entorno; desde cierto ecologismo, el que sus fotografías de naturaleza estén impregnadas en parajes prístinos plagados de una espectacular megafauna; y desde cierto activismo social, el haber sacado provecho personal con el drama humano con un tratamiento estético que anestesia los contenidos políticos y sociales implícitos. Una controversia que se recrudece cuando a raíz de la publicación de “Migrations” en el año 2000, Susan Sontag acusa al fotógrafo brasileño de crear imágenes en las que un exceso de belleza las condena a una insoportable banalización, en una estetización de la desgracia que incluso pervierte la vocación documental y atenúa significativamente la potencia del tiro de la denuncia. Sin embargo, la dualidad entre arte o documento y su valor como contenido de denuncia no es nueva, pues ya se daba entre los analistas de la fotografía a finales del s. XIX. Susan Sontag en su ensayo “On Photography”de 1977 (ver entrada en este mismo blog https://lasantanomada.com/cuatro-maestros-de-la-fotografia-que-no-son-fotografos/ ) niega que la imagen por si sola ayude a comprender una situación, y añade que un tratamiento de lo “bello” elimina el mensaje social y neutraliza la intención; en este sentido, insiste, las imágenes no crean una ética ligada al compromiso social, pero si la movilizan. Pero a pesar de lo que diga Sontag, lo cierto es que resulta difícil imaginar que la denuncia constante de Sebastião Salgado pudiera haber tenido tanta permeabilidad y todo ese mundo de miseria, digna pero sin quitarle un ápice de su crudo dramatismo, se pudiera haber visibilizado a ojos de todo el mundo sin que sus fotografías aportaran ese extra de belleza hipnótica en blanco y negro que ostentan.
“Se dijo que yo hacía estética de la miseria. ¡Y una mierda! Fotografío mi mundo”, dijo Sebastião Salgado en una entrevista concedida a El País Semanal, en 2019. En esa conversación también explicó que su decisión de trabajar exclusivamente en blanco y negro obedecía al intento de evitar que el colorido distrajera a los observadores de los protagonistas de su obra. Retratar a los desfavorecidos de la tierra no fue una elección personal, sino a un puro reflejo de su origen. “Soy una persona del Tercer Mundo. Conozco África como las líneas de mi mano porque hace solo 150 millones de años África y América eran el mismo continente”. Con el blanco y negro se alcanzan gamas grisáceas que concentran la intensidad y densidad de lo que quiere reflejar, sean personas con sus miradas y sus poses, animales o paisajes. Y “aunque la realidad no es en blanco y negro, cuando se mira una imagen así nos penetra (…). Tiene un poder descomunal”
Otro elemento a tener en cuenta es el encuadre, en el que el plano general es el más común de las imágenes de Sebastião Salgado para ubicar los sujetos en su realidad social, aunque también recurre a otros más cercanos. Si el fotógrafo ve necesario acercar el encuadramiento, entonces los planos serán americanos o de detalle, porque sirven para destacar al ser humano como individuo o como elemento de su comunidad. El sujeto, por tanto, no es únicamente lo destacable de la imagen. No lo excluye ni lo caricaturiza.
Hay que hacer notar también la parsimonia con la que concibe sus proyectos, que suelen durar años y años. Para Sebastião Salgado, una narrativa se debe construir a partir de diversas imágenes que cuentan precisamente una historia. A la hora de la toma, no necesita el momento más álgido o épico, sino el momento más digno del sujeto o tema a fotografiar. Por ello no ha de extrañar que Salgado considere que el fotoperiodismo requiera que el fotógrafo se integre en el contexto que ha de documentar. Resultan legendarias las largas estancias entre los individuos de las comunidades que documenta. Come, vive, duerme con ellos, y llega a ver el mundo como ellos. Por ello, una fotografía de Sebastião Salgado los representa de una manera noble y digna, ya que no hay razón alguna de hacerlas si no se puede transmitir dicho mensaje.
Si hubiera que hacer un resumen de toda la vasta obra de Sebastião Salgado, se podría concluir que es una reflexión sobre los horrores y las esperanzas de nuestro tiempo, ofreciendo una mirada inquebrantable a la belleza y la brutalidad del mundo en que vivimos. A pesar de la inquina de algunos que intentan desacreditar su paso por este mundo, es muy probable que este misionero silencioso haya cumplido su tarea con una entrega, utilidad y eficacia infinitamente mayor que la aportada por la contribución conjunta de toda esa caterva de haters siempre dispuestos a disparar al menor conato de poesía. También, por extensión, cabría citar dentro de este grupo a los que no se les conoce otro cometido que destruir y ensuciar todo aquello que es brillante y creativo.
Una leyenda guaraní cuenta que un día hubo un enorme incendio en la selva de la que todos los animales huían despavoridos. De pronto, un jaguar vio pasar sobre su cabeza a un colibrí que incomprensiblemente volaba en dirección al fuego abrasador. Iba y venía y, ante el asombro generalizado, el jaguar le preguntó que por qué se jugaba seriamente la vida haciendo peligrosas incursiones por las llamas. Voy al lago, — respondió el pajarito — tomo agua con el pico y luego la echo al fuego para apagar el incendio. — ¿Estás en tus cabales? — le replicó el jaguar — ¿Crees que vas a conseguir apagarlo con tu pequeño pico tú sólo? Bueno — le dijo el colibrí — al menos yo hago mi parte. Tras decir esto, se marchó a por más agua al lago.
Al menos, Sebastião Salgado hizo su parte.


