Alexandra David-Néel

Viví en una caverna a cuatro mil metros de altitud, medité, conocí la verdadera naturaleza de los elementos y me hice yogui. Cómo había cambiado mi vida, ahora mi casa era de piedra, no poseía nada y vivía de la caridad de los otros monjes.

Un páramo yermo en el techo del mundo, salpicado de islotes de blanquísima nieve recién caída. Un espacio rocoso, que de tan angosto solo caben unos cuantos pensamientos que ya dejaron de herir. Un silencio absoluto, en absoluto desolador, solo roto por las sibilancias ocasionales del viento, los chasquidos de los desprendimientos de las rocas y los graznidos emitidos en los estacionales cortejos por parte de una pareja de águilas que anualmente vuelve a estas escarpadas cumbres para anidar. Y allá abajo, entre la brutalidad geológica de las cadenas montañosas, un compacto cúmulo de nubes gris-azulado, que ante la vista se muestran como un grandioso océano que desde la seguridad de las alturas no resulta amenazador. La meta de toda una vida, sentirse a salvo de todo. Del mundo, de los demás, de una misma… Y para ello, esta peregrina, llamada Alexandra David-Néel, tuvo que hacer un larguísimo viaje a la mismísima antesala del mundo. Toda una vida entregada al estudio y al vagabundeo erudito, en donde la cordillera del Himalaya se despliega como un universo de sabiduría inabarcable.

En una simple consulta biográfica sobre la vida de Alexandra David-Néel, obtendríamos como dato más relevante que fue la primera mujer occidental que visitó Lhasa, la capital del Tíbet, que hasta entonces estaba absolutamente prohibida para los extranjeros. Sin embargo, esta simple carta de presentación inicial no debe en ningún caso obviar a la mujer serena, culta, segura de sí misma y de sus conocimientos que hay tras semejante hazaña. Una nómada que obtiene sus conocimientos de primera mano visitando y debatiendo con sabios brahmanes o lamas, para lo cual aprende a hablar lenguas como el pali, hindi, sánscrito o tibetano. Y, por si fuera poco todo esto, también cabría resaltar cómo de alguna forma se las arreglaba para estar presente en ceremonias a las que pocos extranjeros eran invitados. Y siempre mimetizada con el entorno, adoptando costumbres y discretos atuendos locales.

No hay un caso comparable a lo largo del siglo XX. No lo hay entre otras viajeras, exploradoras o estudiosas de su época si nos atenemos a la complejidad de su experiencia in situ y no en las bibliotecas. Fue única, singular, una insólita mezcla de coraje, curiosidad intelectual, inteligencia, y resistencia física y emocional. Cierto que hubo una buena cantidad de viajeras que la precedieron unas generaciones antes, que espoleadas por la primera ola feminista se lanzaron a recorrer el mundo para protagonizar crónicas de cegadora belleza. Aventuras tan peligrosas como subyugantes y, en algunos casos, hasta siendo autoras de descubrimientos geográficos y antropológicos que contribuyeron a arrojar algo de luz procedente de otras culturas sobre un ensimismado Occidente que, aquejado de un altanero eurocentrismo y mezquindad supremacista, trataba con displicencia al resto del mundo. Arrojar luz sobre la oscura ignorancia, en definitiva, es a lo que contribuyeron los viajes entre las tribus nómadas de Siria de la británica Hester Stanhope (1776 – 1839), plasmados en su “Viaje a Oriente”; las dos vueltas al mundo de la austríaca Ida Laura Pfeiffer (1797 – 1858) y su crónica “Viaje de una mujer alrededor del mundo”; la aventura africana por tierras de los masáis de la estadounidense May French Sheldon (1847 – 1936) y sus aportaciones para la Royal Geographical Society; la exploración en solitario del Cáucaso más profundo de la belga Carla Serena (1820 – 1884), narrada en su “Excursión por el Cáucaso, desde el Mar Negro hasta el Mar Caspio”; o la primera vuelta al mundo de una mujer montada en bicicleta en el año 1895 de la letona Annie “Londonderry” Cohen Kopchovsky (1870 – 1947).

Quizás, si hubiera que establecer un parangón aproximado a lo que fue Alexandra, una sosias con quien confrontar realmente, sin duda habría que pensar en la suiza Isabelle Eberhardt (1877 – 1904), de la cual existe una entrada en este mismo blog (https://lasantanomada.com/isabelle-eberhardt/). Las dos se crían en un entorno burgués, con padres librepensadores que profesan ideas próximas al anarquismo, lo que se traduce en una perspectiva amplia que alienta la formación pedagógica de sus hijas mucho más allá de los férreos roles de época a los que estaban predestinadas como mujeres; indudables influencias paternas que también se dejarán notar en sus respectivas cosmovisiones ya de adultas. Tanto Isabelle como Alexandra, de niñas tenían una pasmosa facilidad para aprender varios idiomas a la perfección y, pasada la adolescencia, tanto la una como la otra sentirán una fascinación tan arrebatadora con lo oriental que, en su impregnación estética inicial y posterior poso de misticismo, se convertiría a edad temprana en ese vehículo con el motor constantemente carburando a altas revoluciones que fue sus vidas, en el que cargaban toda esa voraz necesidad de viajar para encontrar respuestas a insaciables interrogantes sobre la existencia. Si Isabelle se convirtió al Islam Alexandra haría lo mismo, pero con el budismo. En el paroxismo de la fusión con las culturas que visitaban, y con las que tanta terquedad se querían mimetizar, era normal ver a Isabelle vestida como un hombre beduino atravesando el desierto del Sahara y a Alexandra ataviada de mendiga, con la cabellera y la piel oscurecidas de forma artificial, peregrinando entre las cumbres nevadas del Himalaya, algo para lo cual ni la enfermedad, ni la pobreza absoluta o el hambre atroz las detendrían. Y, en fin, siguiendo en esta senda de coincidencias, se podría decir que en los viajes de ambas se detecta el mismo espíritu vagabundo, contemplativo, tenaz, rebelde, temerario, intelectual y místico; las mismas insólitas muestras de valentía, curiosidad y resistencia. Incluso compartían una poliédrica heterodoxia tan habitual en estos casos en los que por un lado se mantiene un compromiso con el mundo y por otro con el alma. En el caso de Alexandra, basta decir que también fue anarquista, feminista, escritora de más de 30 libros, antropóloga, fotógrafa, periodista, e incluso cantante de ópera. La práctica totalidad de la vida de esta nómada francesa fue un viaje a sí misma en el que absolutamente nada, ni convenciones ni familia, fueron obstáculo suficiente para refrenarla.

Alexandra David-Néel en 1886

La aventura será mi única razón de ser

Louise Eugénie Alexandrine Marie David fue la hija única de una familia de antiguo linaje perteneciente a la alta burguesía parisina, habiendo nacido en Saint-Mandé, Val-de-Marne (Francia), el 24 de octubre de 1868. Su padre, periodista y profesor que vivió en primera línea los acontecimientos de la revolución de 1848, era miembro de la masonería y también militante republicano que, gracias a su amistad con el geógrafo anarquista Élisée Reclus, fue basculando hacia ideales cada vez más libertarios. Su madre, de ascendencia escandinava, por el contrario era una mujer profundamente conservadora, una católica retraída en prácticas integristas que por todos los medios intentaba adoctrinar a su hija en una formación religiosa. “Una pareja como dos estatuas, que estuvieron juntas 50 años y jamás se miraron a la cara” llegó a resumir Alexandra lo que fue la relación conyugal de sus padres. Para entender la intensidad apasionada que rodeaba la educación de Alexandra en estos primeros años de su vida, basta mencionar la anécdota de cómo su padre la llevó a presenciar el fusilamiento de los últimos reos de La Comuna de París “para que nunca olvidara lo que era la vida real”. En la niñez y adolescencia la influencia de su padre, que la animaba a comerse el mundo, y la de su mentor intelectual, Élisée Reclus, se hizo notar de forma extraordinaria. Adicta a la lectura, sus inclinaciones iban desde textos filosóficos, en especial los de pensadores anarquistas como Max Stirner o Mijaíl Bakunin, hasta los relatos de Julio Verne por el que sentía una gran devoción. Se dice que fue precisamente con este autor con quien le nace ese irrefrenable deseo de conocer el mundo que le acompañará el resto de su vida. “Viajaré”, parece que alcanzó a declarar con solemnidad con tan solo 6 años de edad tras haber leído “La vuelta al mundo en ochenta días” ante sus padres atónitos. Y una primera demostración de que su advertencia iba totalmente en serio, es que con 18 años recorre el continente europeo en bicicleta en “búsqueda de mi camino”.

Impactada por el pensamiento anarquista y el fulgurante ascenso del feminismo de la primera ola que se desarrolló en el mundo occidental a lo largo del S. XIX, encontrando cauces de expresión en libros como “Pour la vie” del que Alexandra era coautora, con 19 años comenzará a colaborar en “La fronde”. “La fronde”, era un periódico feminista administrado cooperativamente por mujeres, creado por Marguerite Durand, y del que Alexandra no tardaría en distanciarse por su sesgo elitista. Y aunque participó en varias reuniones del “Consejo Nacional de Mujeres Francesas”, finalmente rechazaría algunas posiciones adoptadas en estas reuniones (por ejemplo, el derecho al voto), prefiriendo la lucha por la emancipación a nivel económico, según ella causa esencial de la desgracia de las mujeres, que no pueden disfrutar de independencia financiera. “Amables aves, de precioso plumaje”, es como se refería Alexandra a las feministas procedentes de la alta sociedad, que olvidaban la lucha económica a la que debían, según ella, enfrentarse la mayoría de las mujeres.

Y aquel camino vislumbrado en las entusiastas lecturas de Julio Verne, tanteado en su viaje en bicicleta por Europa, lo encuentra, por fin, con 20 años cuando su devoradora curiosidad la lleva a visitar el llamado Musée Guimet ubicado en París. En este museo se exponen de forma permanente unos fondos que en su conjunto es posible que constituyan la mayor colección de arte antiguo asiático de todo el mundo occidental. En el deambular por sus galerías, Alexandra hace un descubrimiento de fuerte impacto que marcaría el resto de sus días, una estatua de Buda en su clásica posición del loto, meditando con los ojos entornados: “el sereno distanciamiento de todas las cosas” según la propia Alexandra. “Fue aquella escultura la que me indicó el camino, y así empecé a soñar con la india”. En 1880 Alexandra viaja por primera vez a la India, un viaje sufragado con una herencia que le había dejado su abuela. Pero el dinero de la herencia pronto se acaba, por lo que tiene que recurrir a sus estudios de canto lírico que cursó desde que era niña. Y en uno de esos increíbles giros de guion que caracterizaron toda su vida, entra a formar parte de la compañía de la Opera de Hanoi en Indochina, que la llevaría de viaje en una tournée por Grecia, Tánger, Egipto y Túnez. En este último país conoce al ingeniero francés Phillipe Néel, con el que se casaría 4 años después de un tórrido romance. “¿Cómo podría yo, espíritu libre y feminista, ansiosa de viajes y de nuevas culturas, enamorada de oriente y ferviente budista, vivir como una burguesa casada?” Una de las exigencias de Alexandra para acceder al matrimonio fue la renuncia por parte de Phillipe a su deseo de formar una familia tradicional con hijos; una postura, adoptada por parte de Alexandra, muy en boga en esa primera oleada de emancipación feminista desarrollada a lo largo del S. XIX. Finalmente, ambos se casarían en el consulado francés de Túnez y, como era de esperar, el matrimonio convencional la sume en una gran depresión. En este sentido, no es difícil imaginar qué sentiría con aquella remilgada liturgia de matrimonio burgués recién casado, en especial con aquellos timoratos viajes de boda. ¡Cuán cortos en distancia geográfica y emocional serían para Alexandra!

Con sus objetivos vitales ya plenamente clarificados, en 1911 emprende, con la aparente anuencia de su marido, un nuevo viaje a la India aprovechando que Alexandra formaba parte de un programa del ministerio de educación francés. En principio su estancia en ese país estaba programada para 18 meses. Aquí va un spoiler, al final volvió después de 14 años. Está claro que de estar acompañada de su marido hubiera arruinado el viaje. En 1912, llega al Nepal. País que recorre en su totalidad escoltada por una caravana de elefantes. Una parada en Sikkim, un pequeño estado de la India situado en la cadena montañosa del Himalaya, tiene para Alexandra el poder bienaventurado de una revelación, pues “fue allí donde conocí a mi compañero del alma, el único que desde entonces me siguió en todos mis viajes”. Y aquel compañero del alma era un lama adolescente que se llamaba Yongden. Él tenía 14 años, ella cuarenta y seis. Y aquí otro spoiler, Yongden efectivamente resultó alguien que iba bastante más allá de ser un guía que abría las puertas de los lugares sagrados a Alexandra. Y sí, fue sin duda un alma gemela.

Siguiendo por su periplo indio llega a Kalimpong acompañada de su ya inseparable Yongden. Y es aquí donde tiene noticia de que el soberano del Tibet, en esos momentos el trece Dhalai Lama, se encontraba allí exiliado al estar su país en guerra contra China. Reacio en principio a recibir mujeres extranjeras, tras varias tentativas consigue tener una reunión con él, lo cual le abre “las puertas a otro mundo”. Y ese otro mundo comenzaba en mayo del mismo año, con el ingreso en un monasterio budista para residir en él durante 2 años y medio, alojándose en una caverna a cuatro mil metros de altitud en el Himalaya. El mundo nuevo… Todas estas circunstancias le llevan a profundizar en la meditación, en el yoga, en el budismo. Aprende tibetano y el tantrismo budista. En un alarde, se despoja de toda posesión, incluso de todo rastro de ego. Vive de la caridad de otros monjes, aprendiendo sánscrito y tibetano. Los monjes, impresionados, la apodan “Lámpara de Sabiduría” y al joven Yongden “Océano de paz”.

Alexandra David-Néel y el Lama Aphur Yongden en el Tibet entre 1920 y 1924

En 1916, con 48 años, por fin logra entrar en el Tíbet por primera vez. Antes que ella ya otros europeos habían estado en el Tibet desde la edad media. Estuvieron los jesuitas y luego otros viajeros, por lo que en ese sentido el viaje de Alexandra no suponía ninguna novedad. Sí lo fue el que hubiera sido una mujer. Para entender el hermetismo que vivía este país en esa época, basta mencionar que Alexandra fue descubierta pese a sus denodados esfuerzos por mimetizarse, a lo que el gobernador británico responde con la propuesta de una fulminante expulsión forzosa. Por aquel entonces el Tibet era un reino absolutamente prohibido para los extranjeros por razones políticas y estratégicas. Tras este incidente, en un viaje por Japón, conoce al filósofo Ekai Kawaguchi que le comenta que vivió un año y medio en Lhasa disfrazado de monje tibetano, lo cual inspira a Alexandra y le hace elucubrar un nuevo intento de entrada al país más elevado del mundo. En 1923, disfrazada de mendiga peregrina, con la piel oscurecida con hollín y con el cabello teñido de tinta china, se lanza en un nuevo viaje con Yongden que se hace pasar por su hijo aprovechando la evidente diferencia de edad que había entre ambos. Frío extremo, hambre canina, peligrosos barrancos, empinadas escaladas, cumbres nevadas, enfermedad, accidentes, controles fronterizos en los que temían ser descubiertos… Todo ello habla a las claras de la férrea determinación de Alexandra por llegar al reino de las alturas. La meditación como arma mental frente a los rigores inimaginables de ocho meses de peregrinaje. Al límite de la inanición, llegan por fin a Lhasa, donde permanecerían 4 meses sin que nadie llegara a tener la sospecha de aquella estancia clandestina.

Alexandra y Yongden en Lhasa en 1924

A partir de entonces, las hazañas de Alexandra se popularizan por el resto del planeta. En mayo de 1925 regresa a Europa desembarcando en el puerto de L’habre, siendo recibida como una celebridad. De todo ello da sobrado testimonio el hecho de que ocupara la portada del Times, con el título “La mujer sobre el techo del mundo”. En su libro publicado como “Magic and Mystery in Tibet”, Alexandra David-Néel narra aquellos duros meses que duró el revertir aquel proceso íntimo, conseguir que su ser se desvaneciera. “No hay nada extraño en el hecho que pueda haber creado mi propia alucinación. Lo interesante es que en estos casos de materialización, otras personas ven las formas de pensamientos creadas”, declaró con posteridad cuando fue galardonada con la medalla de oro por parte la Sociedad de Geografía de París y nombrada Caballero de la Legión de Honor.

Tras su vuelta a Francia su vida se estabiliza, pero manteniendo su nervio. Con 67 años se saca el carnet de conducir y se lanza a un nuevo viaje en el Transiberiano. También recorre China durante 10 años. En 1941, en una de sus repetidas estancias en la India, recibe un telegrama que le notificaba la muerte de su marido, con el que había mantenido correspondencia de manera muy asidua. “He perdido un maravilloso marido y a mi mejor amigo”. No sabemos si se refería a perderlo porque había muerto o al ser consciente que cuando leía aquello caía en la cuenta de que llevaba veintiocho años sin verlo. Cuando tenía 86 años, muere también su compañero del alma Yongden. Con 100 años renovó su pasaporte “por si acaso” y aún le daría tiempo para emprender su último viaje al Himalaya.

Alexandra fallece el 8 de septiembre de 1969, con casi 101 años en Samten Dzong (fortaleza de meditación), un refugio que había construido unas décadas antes en la pequeña localidad de Digne-les-Bains al pie de los Alpes franceses. Allí llegó a escribir más de 20 libros, dar charlas y recibir a personalidades. Hoy, la que fue la casa de sus últimos años, se puede visitar e incluye fotos, vestimenta y parte de su equipaje. Además de poderse ver su habitación, biblioteca y la mesa donde se sentaba a escribir, probablemente, pensando siempre en viajar. Sus cenizas se esparcieron junto a las de Yongden, fallecido 14 años antes, por el río Ganges.

Alexandra David-Néel con 100 años en 1968

Lámpara de sabiduría

Lámpara de sabiduría, recordemos, fue el nombre que los monjes budistas del monasterio chino de Kumbun le dieron a Alexandra. Y para haber prendido esa lámpara, se necesitaba de una chispa que ya se vislumbraba en su temprana espiritualidad instintiva. “Tiene sangre amarilla”, decía de ella su madre cuando Alexandra era niña. Un brillo interno que provocaba un fulgor intenso, y que solo encontraba sosiego en la militancia de sus inquietudes apasionadas. Navegando, primero, en las incipientes oleadas de entusiasmo anarquista y feminista de su juventud, para luego emprender un viaje a si misma que le llevaría toda su vida. Porque de eso es lo que se trataba con esa impresionante perseverancia viajera. Gracias a ella conocimos las sociedades budistas de las que prácticamente nadie sabía nada en Occidente. Sus relatos intensos, junto a los celebérrimos libros de Heinrich Harrer “Siete años en el Tíbet” y su polémica continuación “Regreso al Tíbet”, o las publicaciones de T. Lobsang Rampa, falso monje tibetano que alcanzó en su momento una cierta popularidad, contribuyeron a perfilar un mundo y una religiosidad única en el imaginario occidental.

“Para aquel que sabe mirar y sentir, cada minuto de esta vida libre y vagabunda es una auténtica gloria”, un pensamiento contemplativo que en sí entraña una actitud revolucionaria, por lo que supone de enfrentamiento con el culto a la productividad capitalista, además de un desdén por el grosero materialismo de la sociedad de consumo. El hechizo orientalista de Alexandra David-Néel es rastreable a través de varias generaciones que le sucedieron. La odisea Espiritual de Larry Darrell, el fascinante personaje creado por Somerset Maugham en su novela «El filo de la navaja», recuerda en muchos aspectos la vida de Alexandra. Y de una forma explícita, han reconocido su influencia escritores como el británico Alan Watts, o los norteamericanos Jack Kerouac o Allen Ginsberg. También resultaría ser inspirador para la particular apostasía cultural que practicaron, primero, el movimiento beatnik en la Norteamérica de la década de 1950, y lo mismo con los posteriores devaneos espiritualistas de la contracultura norteamericana de la segunda mitad de la década de 1960, con el movimiento hippy a la cabeza. El título de uno de sus libros más famosos, “Magic and Mystery in Tibet”, es sospechosamente similar al que adoptaron Los Beatles para uno sus álbumes con evocaciones lisérgicas, en concreto el “Magical Mystery Tour” publicado en 1967 en plena efervescencia psicodélica, donde los viajes a través del LSD y a la India eran una tendencia en los países occidentales más desarrollados, a la búsqueda de un camino que Alexandra David-Néel ya había comenzado a transitar 80 años antes.

Hoy en día, Alexandra se nos presenta como una descubridora del yo interior con un pensamiento esquemático muy claro, en apariencia libre de ribetes complejos y contradictorios, con un mensaje beatífico que es un bálsamo para sus millones de lectores en todo el mundo. Pero no hay que olvidar que su sencillez, que no simpleza, es el resultado de una deconstrucción profunda de su personalidad occidental en cada viaje que emprendía a golpe de obstinados arrebatos espirituales. Un ser así puede ser muchas cosas, pero jamás mostrar simpleza. Y esto es lo que parece olvidar cierta pseudo-espiritualidad actual en Occidente que con frivolidad recurre al budismo en sus aspectos más folclóricos, centrada más en la búsqueda de un alivio rápido de los males del alma con el consumo de publicaciones de autoayuda de dudosa utilidad, que de emprender caminos genuinos a ese yo interior tal como nos lo mostró Alexandra en sus textos y en su actitud vital.

Las tozudas pulsiones espirituales de Alexandra, podrían ser comparables a las que experimentan los insectos que, en la oscuridad cerrada de la noche de un bosque, se golpean una y otra vez empecinados contra la forja oxidada de una lámpara atraídos por su lumbre. Alexandra, al parecer, un día le arrebató esa lámpara a la noche y con denodada generosidad nos la trajo para que podamos gozar de su luz sin miramientos.

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